La opinión del lector
Uno por ciento: El precio de la Historia
Estamos exultantes. La Diputación Provincial de León, con la «energía» que caracteriza a muchos de nuestros políticos, va a exigir –ellos han dicho solicitar, que es mucho más sumiso y obediente- el 1% cultural, ya que nuestra abandonada Lancia es Bien de Interés Cultural y la autovía entre León y Valladolid va a destrozar su cinturón industrial. En él ya se han encontrado hornos, granjas, viviendas de trabajadores y otros edificios.
¡Ah!, pero el hecho de que no hayan «aparecido zonas suntuarias ni mármoles que indiquen la existencia de villas» en el susodicho cinturón, nos ha dejado tranquilos porque, como dijo hace años un responsable de cultura de León, «¿a quién pueden interesar los reyes leoneses?». Pues eso, que como a nadie interesan los vestigios de nuestra querida Lancia, no vamos a «solicitar» que se desvíe la autovía o que, si esto no fuera viable, se eleve sobre un puente que permita respetar el yacimiento. Es preferible dinero. Una miseria económica que jamás conseguirá hacer de nuestra ciudad astur –perdón, romana- algo vendible, como La Olmeda o Petavonium. Que sí, que ya sé que es otra cosa. ¡Ni tanto que lo es! La primera es sólo una villa -preciosa por cierto-, y el segundo un campamento militar. La nuestra es una ciudad completa.
En palabras de Floro: «Lancia, ciudad muy fuerte...» y en las de Orosio: «...fugitivos de la batalla se refugiaron en Lancia... y el general Carisio logró que los suyos desistiesen del incendio... por dejar íntegra e incólume la ciudad como testigo de su victoria». Pero, ¿a quién pueden interesar los reyes leoneses?
Ara Antón. León
Muchos problemas
España necesita muchas reformas, cierto, la de los políticos también. Ellos, que concurren a la manifestación de la voluntad popular, deben asumir sus responsabilidades y ocupar la puerta de servicio antes que la puerta del poder. A diario nos sirven en bandeja una retahíla de problemas en lugar de resolverlos. En ocasiones, el político por si mismo ya es el problema. Para muchos es su medio de vida. Jamás han trabajado en otra cosa. Por ello, el interés de su bolsillo es antes que el interés del Estado, y, a veces, están más enfrascados en proteger la seguridad de su puesto de poder que en asegurar progreso social para todos. El político decente lo dejaría al primer síntoma de sospecha. Otra de las contrariedades es la mediocridad política, lo mejor que harían algunos es no despegar los labios. En lugar de buscar soluciones generan contiendas inútiles, absurdas, sectarias, o sea, una riada de problemas innecesarios. Como aquellos que ponen en entredicho la unidad de la nación española o la lengua de Cervantes, que tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla todos los españoles, o la independencia del poder judicial, que no debe admitir intromisión política alguna. Los políticos españoles, muchos de los cuales han ocultado la crisis porque ellos ni la han tenido, ni la tienen, ni la tendrán jamás, piden ahora esfuerzos colectivos, en parte para pagar la cuenta de sus derroches. El gasto público nos desborda. El político honrado tomaría el esfuerzo como deber primero, y con voluntad de Estado sobre todo lo demás, se afanaría en priorizar los verdaderos problemas que afectan a la ciudadanía y trataría de resolverlos, propiciando consensos y uniones, sólo así se puede reducir el desempleo y luchar contra la pobreza que cada día es más creciente en España.
Víctor Córcoba. león