Diario de León
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El baile del ahorcado cristina fanjul

Dice Manuel Fraga que algunas de las cosas que ha oído a los exiliados cubanos en España le parecen exageradas. Me extraña. Al fin y al cabo comparte con ellos mucho más de lo que cree. Él fue ministro en un régimen dictatorial y ellos sufren uno. Es lo mismo, aunque desde perspectivas diferentes. Uno ve el mundo desde la terraza de El Pardo y el otro desde la oscuridad de un sótano. Uno en plan opresor y el otro como víctima. Hay una obrita de Wells muy recomendable para Fraga. Se llama La miseria de los zapato s y es un ensayo acerca de cómo algo tan simple como el calzado va limitando nuestra vida. Las palabras del político español me recuerdan el comienzo de esta historia: «No tiene sentido reflexionar sobre los zapatos»... o «No tiene sentido reflexionar sobre las palabras de unos cuantos presos», que parece ser lo que quería decir el héroe de Palomares. No, no tiene sentido pensar en cómo un régimen tirano y asesino acaba con la vida de un atajo de sucios disidentes que lo único que ha querido ha sido vivir su vida en libertad y que, al final, la ha perdido. Porque eso es lo que queda cuando los genocidas se levantan de la mesa. La risa y los veinte, o los treinta, o los cuarenta o los cien millones... de muertos.

Cuba es una cárcel en medio del mar, a la que acuden los turistas de la indigencia y la prostitución, atraídos por la adrenalina que aporta saber que cuando ellos regresen a esta mierda de régimen capitalista, la miseria y la opresión se quedarán allí y que quienes la sufren «en el fondo son felices» y «van a la universidad» y «el sistema sanitario es universal» y... excusas con las que limpiar una conciencia cuya colaboración es necesaria para que el chivo siga matando. «Vivíamos entre ratas y excrementos», dicen y claro, Manuel Fraga cree que es una hipérbole.

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