El nacionalismo insaciable
La veleta | antonio papell
Hace un par de años, un ilustre periodista liberal español escribía este párrafo: «Con su crónico optimismo, los pensadores demócratas y muy especialmente los gurús de la izquierda internacionalista contemplaron durante mucho tiempo con despreocupado desdén este auge de los nacionalismos [el nacionalsocialismo].
Certeramente percibidos, según Berlin, como una «inflamación patológica de la conciencia nacional herida», el pensamiento dominante era que se trataba de una incidencia pasajera «que había sido causada por la opresión y que desaparecería con ella».
Ese mismo fue el ingenuo diagnóstico en España al inicio de la Transición, cuando empezamos tratando de reparar los abusos de la Dictadura, continuamos retroalimentando a los nacionalistas al otorgarles una legitimidad superior a su propia fuerza numérica -“por eso el PSOE renunció a presidir el Gobierno vasco cuando ganó las elecciones autonómicas del 86-“ y desembocamos en el suicidio aplazado de entregarles la Educación, los medios de comunicación públicos y la política cultural».
En 2008, ya había culminado el desafuero estatutario -”un proyecto de construir un Estado confederal por el pintoresco procedimiento de reformar un estatuto de autonomía-” y era bien evidente el error que cometió el PSOE al consentir tanto la alianza que dio lugar al tripartito sobre aquel desorientado Pacto del Tinell como la puesta en marcha de una reforma estatutaria sobre bases soberanistas. Pero todavía no se habían producido, obviamente, la desabrida reacción del nacionalismo catalán a la sentencia de Tribunal Constitucional ni la inflamación independentista que los epígonos de Pujol y Roca prendieron tras aquella, para ellos, contrariedad.
Objetivamente, a más autonomía, a más concesiones, a más transigencia con la radicalización identitaria, más victimismo, más amenazas de escisión, más gestos desabridos. El nacionalismo es insaciable, por la sencilla razón de que si se sintiera colmado, si reconociera que ha conseguido sus metas, se vería condenado a desaparecer. De ahí su patología. Y de ahí, también, las dudas sobre la conveniencia de que haya que ceder a sus presiones.
Su camino no se dirige a parte alguna más que a la reconcentración y a la rabia. Darle cobijo, atender sus demandas, es, en definitiva, alimentar al monstruo para que nos devore.