Diario de León
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En el filo | fernando jáuregui

Tengo a Blanco por un político de raza desde que, hace años, lo conocí en una cena restringida en Lugo, donde caí por casualidad, a la que asistía también el entonces candidato «estrella» del PSOE Baltasar Garzón. A los postres, y acaso animado por el orujo local, el juez comenzó a contar chistes en los que la figura de Alfonso Guerra era tratada con algo de malévola ironía. Consternación entre los cenantes, miembros del comité regional socialista, mientras, recuerdo, me lanzaban torvas miradas, temerosos, con razón, de que el periodista acabaría narrando algún día el lance: ¿había que reírle las gracias a Garzón, presentado como el, al fin y al cabo, salvador posible del PSOE en aquellas elecciones y designado «número dos» por el mismísimo Felipe González? ¿O había que demostrar al recién llegado que, con Guerra, pocas bromas? Consternación perceptible a todas luces. La tensión llegó a tal punto que quien más tarde sería alcalde lucense, entonces uno de los miembros del comité regional, abandonó precipitadamente la sobremesa, pretextando no recuerdo qué. Solamente uno de los dirigentes socialistas de Lugo permanecía impasible, luciendo una casi imperceptible sonrisa, ante las chacotas del ilustre e imprudente visitante. Me sorprendió tanto su característico perfil -”aquella nariz-” como la calma con la que el nativo afrontaba la situación, en contraste con sus compañeros del comité. Pregunté por él. Era, claro, está, aquel a quien llamaban «Pepiño», un hombre que fracasó en sus aspiraciones de ser alcalde de su pueblo natal, Palas del Rey, pero a quien todos consideraban un portento en cuestiones de organización y disciplina. Iba a llegar mucho más lejos que al sillón de regidor de Palas.

El ministro de Fomento y vicesecretario general del partido gobernante, el PSOE, José Blanco, pasa estos días por las dos pruebas políticas más comprometidas que hubieran podido tocarle en su doble condición: hacer frente a la huelga injusta, antipatriótica e injustificada de los controladores aéreos, por un lado, y calmar la tormenta desatada en el Partido Socialista Madrileño. Blanco ha apostado, hasta ahora, por la dureza con los controladores, en su calidad de responsable de la navegación aérea, y por Jiménez en su papel de primer oficial del barco socialista. Si las apuestas le salen mal, déjenme hacer un (pésimo, lo sé) juego de palabras: Blanco lo va a tener bastante negro. Si salen bien...

Pienso que la apuesta por la dureza contra los controladores va a salirle bien. Haga lo que haga Blanco contra este colectivo que, abusando de su poder, pone en riesgo la seguridad y comodidad de millones de pasajeros y, cómo no, las divisas del turismo en momentos en los que son especialmente necesarias, será aplaudido por la opinión pública.

Blanco se ha entusiasmado con los juegos del poder y cree que puede quitar y poner candidatos a su antojo, ordenar a las tropas que ocupen las torres de control, filtrar a los medios que él considera cercanos los mensajes que convienen. . Pero si sus apuestas salen mal, comprobará hasta dónde llegan los odios generados por quien ejerce tanto poder y hasta dónde la capacidad de lavarse las manos de quien tiene mucho que agradecerle.

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