Ideología de txapela
Contracorriente miguel paz cabanas
Sí, ya sé que me tacharán de demagogo, pero cuando he viajado a ciudades como Berlín o Nueva York la gente siempre se ha esforzado cortésmente por chapurrear el español que dominaban, mientras que la única vez que alguien se negó a hacerlo, con aire soberbio y despectivo, me hallaba en la tasca de un sujeto de Tarragona. Efectivamente, ya habrá advertido el sagaz lector que estoy hablando de los nacionalismos, un vestigio de la ideología casposa y cerril de los pueblos victimistas, sean estos del tamaño de un lunar o del mapa de Francia. Apañados vamos cuando encima los que se tienen por progresistas (izquierdistas de salón) son los que defienden en plan mercenario los derechos seculares de tal o cual pueblo elegido, ignorando afrentas sonrojantes que, especialmente en nuestro país, olvidamos con tanta facilidad. ¿O es que habrá que recordar que España es el único país del mundo civilizado donde hay concejales que acuden a sus trabajos acompañados de escoltas? ¡Léanlo bien, por favor! ¡Escoltas! ¿No les parece a ustedes ignominioso y aberrante que eso ocurra en una democracia occidental? ¿Qué diríamos si sucediese en Armenia o Letonia? Pues lo mismo que se oculta o se asume aquí con una resignación bovina: que esos letones están como una maza, que vaya bárbaros, que ese país tiene el nivel ético de una pandereta. Tamboriles y txistus; y charnegos y maketos; y otros símbolos xenófobos de la madre patria vasca o catalana-¦ Porque aquí, en un ciclo inverso y perverso de la historia, lo que se está viendo es que a los españoles (si es que queda alguno), se les mira en su propio país como si fueran una epidemia peligrosa, un grupo de analfabetos dados a la holganza y a pisotear pueblos oprimidos: si no fuera tan triste, tan vergonzante, darían ganas d e escupir al suelo y largarse a Groenlandia. Quizá allí, entre los esquimales, se olvide uno de las fronteras.