Diario de León
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Panorama | antonio papell

Los sucesos del miércoles en la antigua base de Qala-i-Naw, que costaron la vida a dos guardias civiles y a un intérprete nacionalizado español, obligan evidentemente a replantear una vez más el sentido de la misión española en aquel país, en el que actualmente están destacados más de 1.500 de nuestros militares. El atentado, reivindicado por los talibanes, estuvo seguido de una agresión organizada de civiles a la base -”estaban preparadas montañas de piedras transportadas en camiones-”, y el mismo día tenía lugar una docena de ataques contra fuerzas de seguridad afganas para poner de manifiesto la debilidad de dicha policía.

En términos estrictamente políticos, la hostilidad manifestada por la pequeña población aledaña a las tropas españolas es muy relevante ya que los efectivos españoles creían contar con el apoyo de la sociedad civil, que se beneficiaba de numerosos proyectos de la Cooperación Española. Sin embargo, una mínima presión talibán ha bastado para generar una protesta airada que a punto estuvo de provocar una nueva tragedia. Sin duda, esta volubilidad inesperada se relaciona con el anuncio norteamericano de retirada, que envalentona a los violentos y atemoriza a los pacíficos: las fuerzas internacionales se retirarán y los talibanes se quedan. Se puede entender relativamente la decisión de Obama de salir cuanto antes del avispero afgano, en el que Bush se adentró sin la suficiente decisión de resolver el problema. Pese a la legitimidad de la operación Libertad Duradera -”el nombre parece hoy un escarnio-” lanzada pocas semanas después de los atentados contra las Torres Gemelas de septiembre de 2001, el esfuerzo bélico fue tan limitado que ni siquiera se detuvo a los principales cabecillas que habían urdido la brutal agresión, con Bin Laden a la cabeza. En la actualidad, hay menos de 80.000 soldados norteamericanos en el país asiático y unos 25.000 del resto de Occidente, insuficientes para controlar el vasto territorio afgano, en el que los talibanes campan por sus respetos y el cultivo del opio ha vuelto a ser el negocio más próspero, con el que se financia la insurrección. En definitiva, y como ha reconocido el general James Conway, al mando de los marines en Afganistán, el anuncio de que las fuerzas de Washington abandonarán el país en julio de 2011 «está dando alas» a los talibanes, que han puesto en marcha ya una solapada guerra -que será guerra civil cuando se vayan los extranjeros- para recuperar el poder. Esta guerra enconada es la que nunca ha terminado de aceptar el Gobierno español, empeñado en que la misión es humanitaria y de reconstrucción. Los 95 muertos españoles en la acción dan fe de que estamos ante un crudo episodio bélico, que se dejará sin resolver si la salida militar se produce. Es obvio que si se retira el ejército norteamericano, España no tiene más que hacer en Afganistán, por lo que sería razonable empezar a considerar una retirada ordenada en coordinación con los países presentes y con la propia Otan. Porque aunque muchos pensemos que lo razonable hubiese sido dedicar al asunto el esfuerzo necesario para erradicar el peligro talibán definitivamente, eso ya no es posible en las actuales condiciones y sin el acompañamiento de la opinión pública de los países presentes. Lo que no impide que haya que tener presente la posibilidad de tener que regresar si Afganistán vuelve pronto a ser de nuevo el foco exportador del terrorismo internacional.

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