Sangre española en Afganistán
Historias del reino margarita torres
Dos Guardias Civiles han muerto en Afganistán. Habían ganado parte de sus galones en Guipúzcoa, demostrando su valía en la lucha contra ETA. Uno de ellos, el capitán Galera, fue distinguido en dos ocasiones con la Cruz al Mérito. En marzo cambiaron nuestro país por ese cruce de caminos malditos que nacen de la opresión, el dominio del débil, el narcotráfico talibán del opio. El mismo Afganistan que, hasta que la presencia internacional golpeó ese tablero de juego estratégico so excusa de Bin Laden, controlaban bajo el miedo los talibán y su propia policía del entonces del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio. Uno de esos bastardos, ex policía del régimen ultra ortodoxo islámico, llamado Ghulam Sakhi, se ganó la buena voluntad de estos hombres generosos, que buscaban mejorar las condiciones de vida de los afganos a través de su ejemplo y experiencia. Cierto, nada se les había perdido allí, salvo mantener el pabellón de lo que había sido y era la esencia de su vida: el servicio a España, dentro o fuera de sus fronteras. Con honor y valentía, así son nuestras Fuerzas Armadas. Entrenaban a un grupo de 47 miembros de la nueva policía afgana. Y un afgano les acompañó en su triste destino. Ojalá la única vida desperdiciada en la base española en Qala-i-Naw hubiera sido la de su asesino, que años atrás formaba parte de esos escuadrones de la muerte talibanes que azotaban a las mujeres por no llevar burka. Los mismos canallas que todavía mantienen aterrorizado el país, los que incitaron a 2000 desgraciados a echarse a la calle y cercar nuestra base exigiendo el cadáver del asesino, mártir de infierno.
El 21 de octubre de 2009, durante las Jornadas de Defensa y Seguridad que organizamos desde la Universidad con la colaboración del Club de Prensa de Diario de León, contamos con la presencia del coronel D. Luis Martínez Trascasa, de la Brigada Paracaidista, oficial que hoy comanda la base española de Qala-i-Naw, donde ha ocurrido este atentado. Hablaba entonces esperanzado de las posibilidades de contribuir a la paz, a la estabilización y reconstrucción de un país destrozado por tanta guerra, tanto horror.
Merece la pena recordar a quien cuestiona nuestra presencia allí, que la única manera de evitar que esa gentuza expanda su forma de entender la vida es aniquilando sus bases de poder. Es decir: ayudando a la propia sociedad afgana a salir de su particular infierno de pobreza y miedo. Un abismo al que todos contribuimos a arrojarles al simpatizar con los talibanes con tal de fornicar a los rusos de entonces, y mantener el comercio del opio que nutre las cloacas del primer mundo. Los mismos talibanes que mataban a niños huérfanos para arrancarles el hígado o los riñones a cambio de dinero, como denunció el recordado Julio Fuentes allá por el 2001 poco antes de morir en Afganistán, que pagaban 200 dólares por las córneas de un mendigo que vendía sus ojos para dar de comer a sus hijos. Todo ello protegido por el Kalashnikov de algún policía como el propio Ghulam Sakhi, asesino de nuestros compatriotas. Por ellos, sí merece la pena la presencia española en Afganistán. Por su entrega, honremos a nuestros muertos.