Diario de León
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La gaveta | césar gavela

Desde hace unos cuantos años ha ido creciendo el peso del pasado en la vida pública española. Tanto en el ámbito político como en el cultural. Poco a poco el país se ha llenado de predicadores del pretérito, de reivindicadores de las viejísimas esencias. Gentes que no dudo que serán bien intencionadas se aferran al terruño con una virulencia casi risible, y disputan entre sí por cuestiones tan respetables como ajenas al vivir cotidiano de las personas.

No es que uno defienda la amnesia, el olvido, el inconsciente pasar página. Tampoco un presentismo inmaduro y superficial. Pero resulta chocante que se dediquen tantos esfuerzos intelectuales a elucidar las remotas cuestiones que vivían nuestros primitivos reyes medievales, en tiempos de barbarie y hambre, de atroz fanatismo religioso. En tiempos infames, ciertamente.

Honrados publicistas tratan de profundizar en borrosos hechos sucedidos en el año 1000; y sobre ellos articulan identidades pétreas, consolidan esencias eternales, y, lo que es peor, tratan de convencernos de que los leoneses actuales deberíamos vivir en una especie de viejo reino nuevo, ochocientos años después. Mirando hacia atrás. Es como si en los ocho siglos que quedan por el medio no se hubiera ido generando también, y decisivamente, nuestra identidad. Concepto éste que, por otra parte, me produce mucha prevención. Porque yo no creo en las identidades colectivas, sino en las personales. En las que cada uno forja con su trayectoria, con sus fracasos y logros. Con su apertura al mundo o con su cerrazón aldeana.

Me parece excesivo el prestigio de lo arcano. Es como si nos importaran más las cosas de nuestros tatarabuelos, tan brumosos ya, que los asuntos de nuestros padres. Y aunque reconozco que es interesante ahondar en las andanzas de doña Urraca por la Somoza berciana, me interesa infinitamente más conocer la historia moderna de Ponferrada, ciudad de la que soy hijo. Me importa más saber qué sucedió a partir de 1919, cuando la MSP termina el ferrocarril minero a Villablino y la urbe inicia su tardía revolución industrial, que estar pendiente de las correrías de un oscuro prelado de Astorga del siglo XI. Lo primero me atañe; lo segundo puede ser un bello tema literario. En el mejor de los casos. Y aunque la literatura educa, estimula y nos hace mejores, parece más acertado fundamentar la acción política y cultural de una comunidad en su historia reciente y verificable y no tomando como referencia los avatares de aquellos queridos reyes oscuros que fueron los monarcas leoneses. Una sociedad debe conocer su pasado. Del mejor modo posible, del más objetivo. Pero obsesionarnos con el alto medievo, con sus parafernalias bélicas e indumentarias, es una suerte de derrota. De incapacidad para vivir el aquí y ahora de la provincia. Que requiere del esfuerzo y de la lucidez de todos. De la modernidad y de la universalidad de políticos e instituciones. Vivir en un cómic puede ser entretenido. Pero también puede ser irresponsable.

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