Diario de León
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Fuego amigo | ernesto escapa

El bejarano Gonzalo Santonja es ejemplo del intelectual que se apasiona con los asuntos que aborda, por severa que parezca su fachada. Ahora, en un momento de especial efervescencia de la cuestión taurina, desvelando docu mentalmente los orígenes de aquel arte, sometido al abuso de legisladores y contertulios. Los premios Ortega y Gasset, Nacional de Ensayo y Castilla y León de las Letras, entre otros, resaltan la dimensión de la obra de Santonja, que se ha centrado, por una parte, en el esclarecimiento de la actividad cultural y editorial de los años más convulsos del pasado siglo, y por otra, en la reconstrucción y denuncia del expolio padecido por el patrimonio artístico de Castilla y León.

Catedrático de la Universidad Complutense y director del Instituto de la Lengua, puso en claro la aventura intelectual del exilio republicano, la mordaza de la censura o los delirios imperiales de la intelectualidad del primer Franquismo. También, de paso, los excesos de tipos como el recientemente canonizado Carlos Mendo. Resulta que en 1964, siendo director de Efe, Mendo ensalzó a un Franco que con 71 años «pesca, anda, salta de peña en peña y levanta a pulso un salmón de nueve kilos». Pero, sobre todo, Santonja rescató en su impagable Museo de Niebla las pérdidas de nuestro patrimonio artístico.

Ahora, en Luces sobre una época oscura, que edita Everest, acredita que el toreo a pie no es una simplificación de la lidia caballeresca. La llegada de los Borbones, entonces antitaurinos, alejó a la nobleza de la fiesta y el pueblo aprovechó el vacío para tomar su relevo en el albero. Pero los archivos demuestran que la fiesta de los toros ya era popular en el siglo diecisiete y los orígenes documentados del toreo a pie se pierden en la noche de los tiempos. Los toreros empezaron como ayudantes de los jinetes, pero enseguida sus suertes ganaron el favor del público, conquistado por la atracción del riesgo. De manera que el formato actual de la lidia tiene siglos de antigüedad.

El repertorio documental que maneja Santonja avala que no fue Sevilla la cuna del toreo (aunque sí «la ciudad que ha llevado esta fiesta a la perfección»), sino una geografía plural, en la que figuran Valladolid, Córdoba, Segovia, Bilbao, Salamanca, León o Pamplona. Por eso aquella diversión alcanza la vitola de Fiesta Nacional. También pone de relieve Santonja que la plaza del Castañar, de Béjar, es la más antigua del mundo o que la primera ganadería brava pastó en los Torozos a mediados del siglo doce. El libro, tejido sobre una documentación irrebatible, atrapa al lector por el interés del relato, que se lee con la pasión de una novela.

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