Un maquiavelo actual
Tribuna | diego íñiguez
SSi un gobernante quiere sobrevivir debe aprender a dejar de ser bueno», dice la versión de El Príncipe que ha publicado Tim Parks, un escritor inglés que vive en Italia y la entiende. También sabe de fútbol: un artículo suyo en la New York Review explica cómo la política de la FIFA tuvo mucha culpa en la «sistemática e intimidatoria violencia» de los once karatekas holandeses que, con un mal árbitro inglés, casi arruinaron la final del mundial. Como su versión de Maquiavelo, con un lenguaje actual, que se lee bien y da qué pensar. Nada que ver con El Maquiavelo de León, que confunde al analista con lo analizado: Maquiavelo no fue un político astuto, sino un funcionario de la república de Florencia, estudioso de la Historia Antigua y de su ciudad, defensor de su independencia y de las libertades burguesas. Escribió El Príncipe buscando favor, para salir del rincón al que le había arrojado su tiempo turbulento.
Un gobernante conforme al ideal maquiavélico es otra cosa. Debe ser realista, adaptarse a las circunstancias sin aferrarse a un programa rígido o moralizante. Es más seguro ser temido que querido, preferible parecer mezquino que pródigo, mejor tener fuerza propia que depender de mercenarios, que no se matarán por él ni le sostendrán en tiempos malos. Ha de evitar aliados más fuertes que él: tienen intereses propios y son un peligro, como comprobaron la república veneciana en tiempos de Maquiavelo y los aliados del presidente Bush en los nuestros. Es bueno seguir la ley, mejor tener el respaldo de la fuerza, esencial superar en astucia a los adversarios. Debe preferir al pueblo, que busca escapar de la opresión de los nobles, frente a éstos, que no le serán leales en la crisis. No ha de despertar odio, que se causa privando a los ciudadanos de sus propiedades o sus mujeres -”de su honor o su autoestima, diríamos hoy-” ni desprecio, que alimenta quien parece liviano, inconstante o preocupado por agradar. Ha de ser consciente del efecto de su política en la opinión del pueblo: es bueno aparecer compasivo y humano, honesto y leal, mantener las promesas.
Pero sólo si no pone así en peligro su poder o al reino. Si las circunstancias cambian, no le faltarán razones para explicarlo y el pueblo, que se guía por las apariencias, decide al final por los resultados. Debe escoger ministros inteligentes y capaces, no zalameros, que hagan suyos sus fines y no tengan intereses propios. Si no, uno de los dos acabará mal. Consultará a pocos consejeros, tomará su decisión y la mantendrá. Vale más correr en socorro del aliado y tomar partido que permanecer neutral. Necesitará suerte y Fortuna es caprichosa, pero no imprevisible, prefiere al hombre activo y atrevido frente al resignado y quieto. De ella sólo depende, además, una parte del éxito: hay que perseguirlo afanosamente, con inteligencia y constancia. ¿Es inmoral Maquiavelo? No por sus fines: el poder es el fin de toda política, la estabilidad y la seguridad los de la realista, su defensa de las libertades cívicas y de un campeón nacional que librara a los italianos de la opresión extranjera se adelantan a su tiempo. ¿Lo son los medios que propone? Es empírico, pragmático, pero nunca cruel. No es fanático, ni predica una moral formalista: el gobernante tiene que adaptarse a la realidad cambiante, no será criticado si se ve forzado a actos extraordinarios para salvar a su país. ¿Son maquiavélicos nuestros gobernantes? ¿Cómo se mide el grado de maquiavelismo? Empíricamente: en función del éxito alcanzando el poder y manteniéndolo. Tuvo más Suárez, que llegó de la nada a la Moncloa, que Calvo-Sotelo. Lo tuvieron Felipe González, con su implacable realismo y José María Aznar, con su espíritu competitivo. ¿Puntúa en maquiavelismo el presidente Zapatero? Sin duda. Ha tenido suerte y tesón, realismo por encima de su virtud ideológica y conciencia del peligro: publicar las pruebas de resistencia de la banca fue una defensa audaz frente a rivales que, como los rudos holandeses, no juegan limpio. ¿Y su oponente, Rajoy? También: ha servido en carteras duras, superado a rivales internos potentes, sucedido a un jefe muy difícil, tiene una ocasión de llegar al poder. El resultado de su partida durante los próximos veinte meses decidirá la fama de los dos. El análisis maquiavélico es puramente empírico. Hay ejemplos en la Historia -”Augusto, Tokugawa, Akbar-” y en el pan nuestro de cada día: ¿cuándo puntúa en maquiavelismo mi jefe, mi rival en la oficina, el que quiere el puesto que quiero yo? Es maquiavélica la estrategia de toda oposición cuando trata de convencer al público de la levedad, incompetencia o maldad de quien tiene el poder: Lo es la del gobierno cuando busca convencer del temple, la fuerza y la virtud de su dirigente. El éxito nunca es definitivo.
A cierta edad, la mayoría de los humanos ha resuelto los primeros afanes -”de qué, con quién y dónde vivir-” y se aplica a ser feliz: a vivir tranquilamente, a saber más, a hacer bien lo suyo. ero algunos quieren poder: por el instinto de los simios de espalda plateada, dicen los zoólogos; por una autoestima que bordea la manía, según psicólogos industriales; por ambición, genuino espíritu de servicio o idealismo. Si es usted uno de ellos, haría bien en leer esta nueva versión de un clásico. Claro que quizá quienes lo lean sean los maquiavelos, no los príncipes: quizá ni usted, querido lector de estas cosas, ni yo que las escribo estemos hechos de la madera de los príncipes...