La estrategia de ETA
Panorama | antonio papell
La suspensión de la actividad terrorista por parte de ETA no es la consecuencia de una rectificación moral sin o una decisión pragmática, probablemente provisional y reversible, encaminada a conseguir dos objetivos: la reconstrucción de la organización armada, muy debilitada por los éxitos policiales, y la recuperación de la presencia pública de su brazo político, cuya ausencia de las instituciones ha mermado extraordinariamente su capacidad de influencia. l redactor de la BBC que consiguió la primicia de la tregua de manos de un intermediario amigo ha explicado los argumentos de su interlocutor, que se resumen en una idea: los catalanes «han conseguido más autonomía en Madrid y los separatistas allí no tienen ni ejército ni bombas ni pistoleros». Al fin, el mundo etarra se habría percatado de que en nuestro ámbito democrático todo es posible mediante el juego parlamentario de mayorías y minorías, pero nada prospera mediante la violencia.
Todo indica, sin embargo, que ETA sigue equivocándose al pretender, mediante marrullerías, que Batasuna recupere la visibilidad y la capacidad de representación mientras ella permanece, agazapada, como «garantía» de la ortodoxia independentista. De hecho, Batasuna está poniendo en marcha un plan de manifestaciones y propaganda internacional que desembocará, a finales de año, en la presentación de una nueva marca política con la que intentará concurrir a las elecciones municipales de mayo. Es probable que en ese período ETA trate de facilitarle el camino con nuevos comunicados, en los que incluso podría acceder a la supervisión internacional de su alto el fuego.
Después de más de cincuenta años de terror, crímenes y extorsiones, la credibilidad de estas propuestas es escasa. De ahí que el Estado no pueda ceder ni un ápice en el rigor con que debe defender la ley vigente. Por ello, esa supervisión internacional no valdría de nada si no incluyera una explícita renuncia definitiva de ETA a la violencia y la consiguiente disolución de su estructura y la entrega de las armas. Ni sería aceptable la readmisión de Batasuna a la ceremonia democrática sin que hubiera cuajado antes un proceso de reconciliación, basado en el resarcimiento de las víctimas y en el reconocimiento del error no sólo por los victimarios sino también por quienes los han arropado políticamente y han sido por lo tanto cómplices de este exterminio. Las secuelas de más de ochocientas muertes no se borran con simples gestos, y la sociedad vasca tiene que liberarse del horrendo fantasma de la violencia terrorista mediante una catarsis que parta de la renuncia expresa de los violentos y de un proceso de reencuentro y reintegración basado en inequívocos valores democráticos expresamente asumidos por quienes los han pisoteado con saña. No puede haber, pues, triunfo de los criminales y de sus acompañantes sino rectificación compungida, tanto en el plano político como en el ético y social. No deberían esperar pues los radicales que, con tanto dolor esparcido, su retorno a la normalidad sea un camino llano y expedito. No resultaría aceptable que, de nuevo, la sociedad civil tuviera que convivir con la arrogancia de sus sayones haciendo alarde de su propia vileza. De ahí que hayan de ser en última instancia las víctimas, representadas por el propio Estado, las que marquen el tempo de la reconciliación y la sancionen. En todo caso, nada hay que hablar en tanto ETA tenga los zulos llenos de pistolas.