Diario de León
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Crónicas bercianas | MANUEL FÉLIX

El minero, la minería, el mundo del carbón, tiene mucho que ver con el mundo del toreo. Tiene mucho de pasión, e incluso conmueve a los que lo desconocen, a los que no saben lo que es una mina o un capote. A nadie deja indiferente. El minero es como una vaca sagrada contra la que nadie públicamente osa atentar. Incluso, con halo de romanticismo, se le respeta como al torero que se pone delante de dos pitones como dos palas eólicas. Es la vida encarada a la muerte en el ruedo diario de la arena o el carbón. Vida o muerte por una profesión pasional cuya nómina no tiene precio.

Pero el tiempo pasa y ya nada es lo que era. Al minero, como al torero, lo quieren exterminar. He vivido otras crisis del carbón y por mi profesión corrí delante y detrás de los antidisturbios, con los mineros y con la Guardia Civil. Siempre dudé de que aquellas movilizaciones estuvieran pactadas. Era cuestión de tiempo. Temí que el empresario estuviera detrás azuzando para sacar tajada, que los sindicatos no respondieran a los intereses de los trabajadores y hasta dudé de que los antidisturbios interpretaran su papel para el Gobierno de turno. Era como escenificar una obra de teatro.

Ahora, como digo, ya nada es lo que era. Puede que sea atrevido por mi parte escribirlo y seguro que habrá algún honesto damnificado, pero creo que el minero de tajo no cree en los sindicatos. Se evidencia en la actual movilización minera. Los sindicatos no controlan a los mineros y éstos están organizados por libre. Las esposas de los mineros -”con el añadido de ser mujer-” son clarividentes, les gana el pragmatismo y se niegan a ser partícipes de paripés. Por eso no son de extrañar los gritos que alguna de ellas le lanzó a los sindicalistas que el sábado bajaban al pozo de Tremor, donde hay trece hombres a los que la humedad y la oscuridad les están comiendo las entrañas.

Es evidente el distanciamiento entre los que pican el carbón y los que burocratizan con él. Acudí dos veces a la fiesta de Rodiezmo para cubrir la información y he visto la evolución de ese distanciamiento. Ni el bufón Guerra es lo que era. En la eufemísticamente llamada fiesta minera de este año, el fotógrafo de prensa tuvo que cerrar el plano y no usar el gran angular, porque el descampado de la imagen era implacable.

Y si están chamuscados los sindicatos, el empresario huele a cuerno quemado. No pagan la nómina si no paga papá Estado. ¡Para eso no necesitan empresarios, y va a tener razón IU con lo de nacionalizar el carbón! La fuerza del corazón y la unidad del que lucha por lo único que tiene es lo que puede salvar al minero de la quema. Lo mismo que al torero. Otra cosa es el burócrata.

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