Cataluña: el debate ideológico
Panorama | antonio papell
Después de siete años de tripartito centrados en el proceso estatutario, parcialmente fallido tras la sentencia del Tribunal Constitucional, Cataluña tiene que tomar decisiones de futuro, que previsiblemente pasarán por el relevo de la coalición de gobierno, que no ha sabido resolver en ningún momento su confusión interior. No es ningún secreto que el tripartito encerraba una obvia contradicción: ERC no ha negado nunca el independentismo, por lo que, para hacer posible la convivencia, el PSC, que es autonomista, ha exacerbado su propensión catalanista hasta competir en el terreno del nacionalismo. Semejante deriva ha generado una importante desafección en el seno de su clientela tradicional. Primero, el sesgo identitario de Maragall generó el fenómeno Ciutadans, alentado por intelectuales de izquierdas que no entendían que la alternancia que se había producido en 2003 representara más dosis de delirio nacionalista. Después, el PSC ha ido perdiendo apoyos en sus feudos tradicionales, y las encuestas le auguran el peor resultado desde 1980, lo que tendría sin duda efectos en los resultados electorales del PSOE en las generales. Para tratar de atajar esta merma, Montilla parece ahora empeñado en realizar una rectificación del mensaje. Para ello, se ha hecho acompañar en las listas por Corbacho, un representante del ala españolista, al tiempo que ha perdido el apoyo de los más genuinos representantes del sector catalanista del partido (Antoni Castells, Ernest Maragall), que podrían incluso estar preparando una escisión. Aunque no por ello ha renunciado al «rescate» del Estatut -”la recuperación parcial de algunos aspectos desactivados por el TC-” que le ha prometido el Gobierno para tratar de minimizar la decepción sufrida.
Así las cosas, Montilla está volviendo, consciente o inconscientemente, al discurso colaboracionista con el Estado, encaminado a la normalización y pacificación de las relaciones en el seno del modelo autonómico, y hasta parece dispuesto a explotar el voto del miedo acusando a CiU de independentista y de estar tramando, de la mano del soberanismo, un peligroso salto en el vacío. Evidentemente, portavoces de CiU se han apresurado a calificar de absurda esta crítica viniendo de quien ha gobernado siete años de un partido radicalmente independentista.
Pese a todo, CiU sabe que la sociedad catalana no desea la secesión y sus propuestas programáticas no incluyen la independencia. Artur Mas está centrándose ahora en «fortalecer la nación», y en dotarla de potentes mecanismos de autosuficiencia: quiere el concierto económico y una norma que le permita convocar consultas sin permiso del Estado (de nuevo, dos demandas incompatibles con la Constitución vigente). Pero en el fondo, todo indica que el gran debate preelectoral catalán tendrá carácter identitario: a un lado, formarán los partidos que pretenden mejorar el statu quo actual sin salirse del marco de juego constitucional (PSC, PP); a otro lado, las formaciones que, de un modo u otro, optan por el reforzamiento de la cohesión nacional para ir avanzando hacia la consecución de un Estado propio. Éste es el panorama, poco tranquilizador en apariencia, aunque no pueda descartarse que la sociedad catalana, harta de sobresaltos, imponga a los grandes partidos el retorno a la centralidad perdida.