Diario de León
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Fuego amigo | ernesto escapa

La ausencia de Zapatero en Rodiezmo, donde festeja la minería pública asturiana el fin de su veraneo, escondía la culpa de quien no da la cara por tener pendientes los deberes. Tampoco el ministro Sebastián, entretenido con el cambio de bombillas, había reparado en el retraso del decreto del carbón. Simplemente, giraban los millones a los empresarios del sector, sin ocuparse de controlar su destino. De repente, nos hemos enterado de que en esta España en crisis aún es posible embolsar más de trescientos sesenta millones de fondos públicos sin que nadie te pregunte por su manejo. Tan ocupados estaban unos en el giro y otros con el gasto que nadie reparó en los mineros, que llevaban meses sin percibir su salario. Entonces prendió el conflicto y se oyeron voces de todos los colores. Políticos y aprendices, desde Solbes a Almunia, de Rajoy o Vidal Quadras al galleguiño Feijoo aprovecharon el ruido para meter los perros en danza. En vez de aplicarse a su labor, unos y otros enredan con la mecha en la cesta de la dinamita. Luego hacen cruces de cinismo con la violencia del conflicto. Porque han jugado su partida a costa del carbón sin pensar ni un minuto en los mineros. Un oficio duro, mitificado por los versos de Neruda o César Vallejo. «Reyes de la minería, señores de la labranza» piropeó Miguel Hérnández a los leoneses. De aquella prosperidad mineral y agraria, bien poco queda. Los versos del poeta ya presagiaban el final en su secuencia: «Hombres que entre las raíces, como raíces gallardas, vais de la vida a la muerte, vais de la nada a la nada». Más o menos, donde ahora estamos.

La excusa en tiempos de crisis es siempre la rentabilidad. Pero se oculta que el rasero que mide la factura de la energía en España es el precio del gas argelino, notablemente más alto que el carbón autóctono. Por debajo de esa tarifa queda la producción hidroeléctrica e incluso la nuclear y la eólica. Así que no hay razón económica, sino un descontrol perverso en la exigencia a las eléctricas. Quienes pertenecemos al universo de las comarcas mineras conocemos bien las consecuencias dramáticas del cierre de las explotaciones. Muchas de las cuencas históricas, como Barruelo, Sabero, Matallana o La Magdalena, con el abandono de la minería se sumergieron en la postración. Por eso, no queremos que aquella jugada se repita ahora impunemente. Y menos si la causa vuelve a ser que quienes no hicieron a tiempo los deberes del decreto regulador, y tampoco controlaron el uso que se daba a los millones del presupuesto, ahora pretenden distraer con la algarada de declaraciones su incapacidad para buscar futuro al carbón. Después de tanto despilfarro.

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