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Tribuna | ENRIQUE LÓPEZ GONZÁLEZ

Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad de León

La música de Félix Mendelssohn abarca desde la obra sinfónica, orquestal, pasando por la ópera, hasta la obra coral y alcanza un mayor brillo precisamente en el pequeño formato. Tuvo tiempo para lo grande y también para lo pequeño, composiciones que iniciaron su vida siendo diminutas y que el tiempo las hizo hermosas y colosales. Así son sus Lieder ohne Worte , conocidos como Romanzas sin Palabras , cuyo valor radica en atrapar el instante, con delicadeza y sin complicaciones. Seguro que el amable lector habrá experimentado en no pocas ocasiones el deleite de su Canción de Primavera (Opus 62, nº 6), pasión secreta de grandes compositores y músicos.

No es de extrañar que también el señor Juan Vicente Herrera cada vez que se habla de Cajas de Ahorro, casi instintivamente, a lo «tócala de nuevo, Sam!», se inspire en la Opus 62, n.º 6, Canción de Primavera, para «calmar» el cúmulo de emociones suscitadas por la acondroplasia moral que afecta a su gobierno corporativo.

Enfermedad agravada por el impacto que sobre las Cajas de Ahorro tendrán los remedios a la crisis financiera que empiezan a tomar cuerpo. Por ejemplo, la obligación de no hacerse trampas al solitario en las pruebas de estrés o el aumento de «core capital» que impondrá Basilea III y, en otro orden cosas más decisivas si cabe, las revisiones parlamentarias en Estados Unidos de la Ley Glass-Steagall, que versa sobre la necesaria división de la actividad financiera, o la Ley de Peel sobre eliminación de la reserva fraccionaria, que se discute en el Reino Unido, y que implica la pérdida de control sobre los depósitos de los clientes.

Sí, verdaderamente la Opus 62, n.º 6, Canción de Primavera , sirve de inspiración para reclamar una primavera para la Cajas de Ahorro bienenvenida sea. Y si sirve para poner el acento en una variante de institución financiera que, ya lo anuncio, será objeto de gran debate en los próximos años: la Cajas de Ahorro de Alto Desempeño, especializadas en rescatar, en aflorar, el valor oculto, ofuscado, de nuestro tejido empresarial consolidado, pequeño y mediano. Las grandes crisis son, por su propia naturaleza, agónicas, destructivas, pero también germinadoras y es el envés que más me interesa. Llega el otoño, pero necesitamos una primavera.

La pérdida de presencia corporal en buena parte del territorio, lo que ocurrirá como consecuencia de las reestructuraciones en marcha, de los ajustes en el tamaño de la red comercial y humana de las Cajas de Ahorro, puede compensarse con una nueva cuenta de negocio, de altísimo valor estratégico: el rescate del valor, del valor real, actualmente obnubilado, de nuestro tejido empresarial, de pequeño y mediano tamaño. Un rescate que necesitará de nuevas «Unidades de Alto Desempeño» -”que generen auténtico alpha-” y nadie mejor que las Cajas de Ahorro para fundirse con el territorio en una operación, que siendo financiera en estado puro, posee un gradiente estratégico para la economía de los territorios y de España en general.

Su impacto será inmediato, y son medidas de choque las que necesitamos, en el corto plazo, para el mejoramiento del patrimonio de las Cajas de Ahorro, para la capitalización de dicho tejido empresarial y para una nueva primavera económica para España. Servirá para impulsar la renta nacional y particular, para hacer crecer nuestro PIB y para ser testigos de primer nivel de la mejora de todas las cuentas del empleo. Una empresa que tiene tres trabajadores y dobla su plantilla es una empresa que, probablemente, ha triplicado su facturación y con ello la percepción de su valor real.

Cuando hablamos de valor, pareciera que sólo existe, exclusivamente, el valor de las grandes entidades corporativas. Las que cotizan y poco más. Éste es el quid de la cuestión. El resto, el 80% del PIB, permanece cegado, con consecuencias fatídicas para la cuentas generales de España y del negocio financiero en particular. España posee un 80% del PIB sepultado por numerosos errores culturales y econométricos. Medir bien, entre economistas, no es una actividad reputada (la crisis es la mejor prueba) y mucho nos conviene reparar destrozo tan funesto.

El negocio financiero se sustenta en la tenencia de prendas como contravalor del préstamo y, en momentos de contracción dramática del volumen de prendas y del valor de las mismas, que hace menguar todas las expectativas del negocio, la única opción posible es reponer, y con celeridad, el volumen de prendas y el valor de las mismas. ¿Existe otra alternativa? Es una tarea ímproba si nos empecinamos en hacerlo con activos controvertidos, muy castigados por la sobreoferta y el sobreprecio. Es más eficiente y rápido si lo hacemos con activos no discutidos, el de las pequeñas y medianas empresas, ofuscados por imperdonables errores culturales.

¿Cuántas empresas, de pequeño y mediano formato, existen en España con un largo historial a sus espaldas de consistencia y estabilidad y, no obstante, en menosprecio, sin valor o con un valor injusto, econométricamente silenciado? No faltará quien cimente la nueva estrategia en las características singulares de la economía del conocimiento, que ha desplazado la innovación hacia la pequeña y mediana empresa, muy favorecida por el salto tecnológico y la popularización de maquina-”herramienta altamente sofisticada, pero ligera y asequible.

Tampoco faltarán opiniones que consignen que las empresas pequeñas y medianas, deudoras de personas singulares, casi siempre de gran oficio, experiencia y probada energía emprendedora, están en mejores condiciones para establecer vínculos -”con grandes picos de intensidad-” con investigadores individuales, con laboratorios de pequeño tamaño y con centros de investigación.

No rechazo dichos argumentos. Son ciertos, los comparto. Me interesa resaltar en estos instantes, como primera caución, que necesitamos una primavera y, como segunda, que se necesitan sentar las bases de las nuevas Oficinas Estratégicas -”consagradas a hacer visible el valor arcano y subyacente-”. A fin de cuentas, y quiero atajar cualquier discusión estéril, no es comparable una rentabilidad del 6% con otra del 600%. ¿Qué mejor destino, el que describo, para el Ahorro Popular?

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