Desde el campus
Nuestra asignatura pendiente
Llega el temido septiembre para muchos de los estudiantes de nuestra Universidad. Las bibliotecas, tras el parón veraniego, vuelven a llenarse de bullicio, de nervios, de cafés y de horas robadas al sueño. Comienza la cuenta atrás para quitarse aquella asignatura que dejamos pasar en febrero o junio, quizás ésa que no suspendimos, sino que «nos suspendieron», aunque luego la «aprobemos» por méritos propios.
Nuestra sociedad, como decía aquel anuncio, «vuelve a empezar una vez más». Dos son los puntos de inflexión a lo largo del año: la cuesta de enero y el comienzo de septiembre. Los más pequeños cargan sus mochilas de nuevos sueños e ilusiones mientras sus mayores se dejan medio salario, en caso de tener la suerte de tenerlo, en sus libros, cuadernos y demás material escolar. Empezarán Infantil, Primaria, Secundaria o Bachillerato como quien se ha acostumbrado a la tediosa rutina del comienzo. Puede que se apunten a algún deporte, pintura, al Conservatorio o a la Escuela de Idiomas. Quizás se dejen la otra mitad del sueldo de su familia en academias privadas de inglés. O incluso, los que tengan más suerte, puedan tener clases bilingües. Y he aquí la asignatura que la sociedad, igual que muchos de los estudiantes universitarios, siempre deja para septiembre, no importa que corra convocatoria, que los suspensos sean cada vez más estrepitosos. El idioma extranjero se resiste ante cada cambio de sistema educativo. Algunos le echarán la culpa a la desaparecida L.O.G.S.E., otros achacarán el «Spain is different» como causa endémica de nuestra patología. Y los síntomas son claros, sólo hace falta buscar en Internet vídeos como aquel en el que Zapatero se va por las ramas ante las preguntas en inglés de una periodista o ése otro en el que Aznar imparte clases en Georgetown con un acento cuanto menos peculiar.
Las generaciones de nuestros padres y madres podrían alegar haber estudiado únicamente como segundo idioma francés. ¿Pero qué ocurre con los que venimos detrás? La mayoría de los que nacimos en democracia hemos cursado más de diez años de inglés en enseñanza preuniversitaria, y sin embargo, pocos se defienden con soltura en un país extranjero. ¡Qué diferencia con jóvenes de estados, en teoría, menos desarrollados que nosotros! Escuchen si no hablar a cualquier joven de Polonia, Rumanía o Hungría, frente a cualquier veinteañero español.
¿Han servido los famosos cursos del Ministerio en el extranjero, las becas Miner, funcionan acaso las primeras experiencias de enseñanza bilingüe? Sí, claro que sí, han abierto una brecha de esperanza en unas generaciones condenadas a aprender inglés. No sólo por mejorar nuestra formación académica, el mercado laboral y el conocimiento lo exigen. En un mundo globalizado como el nuestro, el vehículo común es el idioma. La Universidad de León, como parte de la sociedad, no debe quedarse atrás en ese impulso necesario en el inglés. ¿Cuántas clases de Grados, Licenciaturas o postgrado se imparten en esta lengua? ¿Está siquiera traducida al idioma de Shakespeare la página web de nuestra Universidad para los cientos de estudiantes extranjeros que nos visitan? Por desgracia, sólo podemos responder negativamente a estas preguntas.
Llega septiembre de nuevo, pero sin muchas esperanzas puestas en que el inglés pase a ser considerado de vital importancia en nuestros planes de estudios. El problema es que si no nos ponemos las pilas, seguiremos suspendiendo en cualquier convocatoria que nos presentemos.