Diario de León
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Tribuna | Manuel Garrido

La foto está en el libro editado en 2002 por este periódico, El siglo de León , vol. II, pág. 270, y muestra a un hombre trajeado en primer término, seguido de nutrida comitiva, todos atentos a lo esencial: sortear el barro de la calle. Ese hombre se ha remangado los pantalones, porque los zapatos ya los da por perdidos. A su lado otro hombre parece tocarle el brazo con su mano, en ademán de dirigir la maniobra de un inexperto. Fotos muy parecidas a esta las publicaron tanto La hora leonesa como Diario de León . El caso es que la sonriente estampa del trajeado un poco desmañado, con las piernas levemente flexionadas y el brazo extendido del otro ha llevado a Julio Llamazares a una conclusión peregrina: el hombre es llevado «a la silla de la reina». Así lo escribe sin empacho para nuestro asombro en un texto que acompaña a la exposición en el museo de Encinedo de fotografías de Miguel Sánchez y Puri Lozano sobre temas, rincones y personajes cabreireses.

Recuerdo muy bien aquel domingo de finales de febrero de 1978. Había nevado y después la lluvia y el deshielo multiplicaron el barro en las calles. El hombre de las perneras remangadas es Martín Villa, ministro del Interior a la sazón. Estuvo en Corporales, donde se tomó esa foto, y luego en Nogar, Encinedo (donde por cierto la señora Tránsito le echó un viva al ministro del Exterior ) y La Baña. Se supone que Llamazares ha querido hacer una gracia socio-filosófica, para elevarse de la pequeña anécdota a la gran categoría: los potentados procuran que entre el suelo y sus pies haya un tramo de vacío, para no mancharse, aunque esa distancia se consiga a costa (a cuestas) de los pobres. El político no podía por definición mancharse con el barro cabreirés, y así, concluye el filósofo inminente, no hay forma de cambiar las cosas. Lo que pasa es que no hay tal «silla», y en 1978, (tras la muerte en el 75, la reforma del 76 y las elecciones del 77), tampoco es posible ser a la vez ministro, gobernador civil y procurador en Cortes (al menos por incomparecencia del último elemento), como nuestro escritor afirma con la misma gracia en el texto dicho. Lo que sí es seguro es que el asfalto en las carreteras a los pueblos y el pavimento en sus calles, traída de aguas y alcantarillado, junto con el teléfono, llegaron a raíz de aquel viaje invernal que cubrió de barro los zapatos del ministro y de todos sus acompañantes, no importa que estos ya estuvieran acostumbrados y por tanto no se arremangaran los pantalones.

La exposición del museo de Encinedo es muy bella y sugerente por sí misma, al margen de textos prescindibles. Y viendo esas fotos entrañables, concluimos que la mejor forma de acercarse a Cabrera requiere actitud humilde y nada pretenciosa, la misma que sus habitantes tuvieron en los tiempos de la penuria: he aquí a Baltasar en acción, sembrando su tierra de Marrubio, no sé si la foto mejor, pero en todo caso para mí la más sugerente y emocionante. Andrés Viloria hubiera repetido aquí lo que dijo una vez: se sembraba a sí mismo (larga y profunda siembra: murió no hace mucho a los 100 años). Ni la exposición de Encinedo ni mucho menos Cabrera necesitan la presunta ayuda de noticias disparatadas o gracias irónicas, solo por llamar la atención, al margen de la realidad.

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