Después de la huelga
Panorama | antonio papell
El hecho de que el lector tenga ante sus ojos este artículo será la constatación de que la huelga general ha tenido un alcance limitado. En cualquier caso, a estas horas estará ya muy vivo el debate sobre la magnitud de la movilización, sobre el papel de los piquetes, sobre la dimensión del aviso al Gobierno, sobre el desgaste de unos sindicatos que han puesto al país entre la espada y la pared, presionando contra unas medidas que no tienen opción alternativa.
Este debate, sin embargo, no conduce a parte alguna. En primer lugar, porque las movilizaciones, siempre que alcancen determinado punto crítico que a buen seguro se habrá rebasado hoy, tienen un alto grado de ambigüedad, que permite diversas interpretaciones. Y en segundo lugar, porque, al contrario que otras veces, no estaba en juego un verdadero dilema. La coyuntura es conocida pero conviene recordarla: mientras pudo, este gobierno trató de responder a la grave recesión internacional mediante una combinación de medidas expansivas, que limitaran la destrucción de empleo, y restrictivas, que redujeran el incremento del déficit (lo mismo intentaron otros países, y los Estados Unidos siguen en esta senda). Sin embargo, la crisis griega inflamó los mercados de capitales, a los que España debía recurrir para financiar su deuda. En aquellas circunstancias, y ante la perspectiva de que la onda expansiva que llegaba de Atenas desmantelara el euro, la Unión Europea tomó decisiones radicales de consolidación fiscal, que nuestro país tuvo que aceptar para evitar males mayores. En definitiva, el club europeo impuso a sus socios un ajuste capaz de consumar la convergencia en 2013, con un límite de déficit máximo para ese año del 3% del PIB. Ajuste que debe ir acompañado por una serie de reformas estructurales capaces de incrementar significativamente la productividad. Sólo así, mediante el sacrificio de la sociedad española, los mercados otorgaron credibilidad a nuestra política y a nuestro país.
Nuestro gobierno no consumó, pues, el ajuste tras una decisión positiva entre varias posibles: no es difícil entender que hizo lo que hizo porque no había más remedio. Y esta presión comunitaria no debe ser interpretada como una imposición o como un desdoro: España ha optado por formar parte de la Eurozona, y ello le otorga grandes ventajas pero también le acarrea servidumbres.
Así las cosas, y como ya se sabía, el día después no puede ser escenario de una rectificación de las políticas gubernamentales sino de laboriosidad y esfuerzo para precipitar la salida del pozo. Porque, ante la imposibilidad de cebar la bomba de la inversión privada mediante inversión pública, sólo la conquista de la productividad nos permitirá crecer lo suficientemente rápido para combatir el desempleo insoportable que padecemos. Ahora ya puede decirse, en fin, que la huelga era absurda porque no podía triunfar en ninguno de los sentidos posibles. Su único efecto objetivable es afianzar a los sindicatos, cuyo crédito hubiera quedado probablemente mermado de no haber respondido a gritos a la ingrata pero inexorable racionalidad económica. Pues ya está: los sindicatos han salvado la cara, y ahora a todos nos corresponde recomponer la figura para continuar afrontando con la mayor energía una crisis que exige lo mejor de nosotros para comenzar a disiparse