Políticos y ciudadanos
La veleta | Javier Fernández Arribas
No es nada nuevo, por desgracia. Podemos pensar que ha mejorado un poco, cuatro ciudadanos menos de cada cien que en el estudio anterior consideran un problema grave a la clase política. La cifra se queda en 70. Es una barbaridad, se mire como se mire. Más allá de los habituales estereotipos sobre la confianza de los ciudadanos en los políticos que les representan, las nuevas cifras del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), insisten en una situación que debería hacer saltar, de una vez, todas las alarmas porque lo que está en juego es el propio sistema.
Podríamos recurrir al premir británico Winston Churchill, que está muy de moda estos días con un -˜greatest hits-™ en el mercado musical británico -”que ya hay que tener ganas de escuchar-”, cuando aseguraba que la democracia es el menos malo de los sistemas de gobierno posibles, pero no hace falta. Si nos fijamos en cómo se puede celebrar un premio Nobel de la Paz en China, en la cárcel y en arresto domiciliario, podemos sin duda valorar en su justa medida lo que disfrutamos en España pero no debemos engañarnos creyendo que ya lo tenemos todo; la libertad y la democracia necesitan de una buena alimentación de principios y valores todos los días.
Y un factor esencial en el buen funcionamiento del sistema democrático es la confianza de los ciudadanos en sus representantes que les deben gobernar y administrar lo mejor posible anteponiendo el interés general al más personal y partidista.
En esta época en la que lo que se lleva es el éxito fácil, el «share» a cualquier precio y el dinero abundante, se llega a pensar que estos planteamientos rayan en la ingenuidad y el idealismo más estúpidos, aunque sean cuestiones esenciales para la buena convivencia de los pueblos que se puedan fajar con la realidad frustrante de la condición humana y política donde la tentación de utilizar malas artes para conservar el poder y doblegarse ante el encanto maldito de la corrupción es demasiado frecuente.
Pero el desenlace final resulta inevitable: los ciudadanos acaban renegando de su clase política y crece su indignación, mezclada con grandes dosis de resignación, lo que se demuestra, por poner un ejemplo cercano, con una previsión de abstención del 50 por ciento en las próximas elecciones autonómicas en Cataluña. La grave crisis económica se alimenta de la escasa categoría política y los ciudadanos lo saben.