Diario de León
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Panorama | antonio papell

La pasada semana ha sido de difícil digestión de las -˜primarias-™ socialistas, cuyo resultado ha abierto el debate mediático sobre el «poszapaterismo», es decir, sobre la idoneidad de Rodríguez Zapatero para encabezar el partido en las próximas elecciones generales. El presidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda, visiblemente nervioso, abrió la polémica con unas ruines declaraciones, unánimemente rechazadas, que dieron paso a una patética rectificación. De cualquier modo, este descontrolado nerviosismo ha puesto de relieve la tensión en que viven los políticos profesionales del PSOE, conscientes del gravísimo desgaste que ha experimentado el partido y de la casi insuperable dificultad de remontar la cuesta abajo antes de las generales. Pero el cierre de filas frente a Barreda indica que Zapatero, más allá de la retórica, sigue siendo el activo más cotizado del PSOE. Este domingo, Zapatero filtraba a «El País» su posición oficiosa: no tomará una decisión sobre su continuidad este año y, cuando lo haga, será después de una reflexión personal en solitario. Si anunciara ahora su propósito, enmarañaría el debate político, tanto si optara por no repetir -sería una especie de -˜pato cojo-™ en el argot norteamericano- cuanto si decidiera volver a ser candidato -en ese caso, sería a la vez gobernante y aspirante.

Las perspectivas del PSOE son objetivamente negras, con la crisis atenazada por el inexorable ajuste, si bien, como ha dicho Felipe González estos días, en el año y medio que falta hasta las generales puede suceder cualquier cosa. La cúpula del partido gobernante es consciente del fortísimo desgaste que padecen el Gobierno, el PSOE y Rodríguez Zapatero. Pese a las desoladoras encuestas, los principales dirigentes socialistas no dan en priva do las elecciones por perdidas: el PSOE habría perdido con relación a la 2008 unos 3,5 millones de votos; sin embargo, sólo 700.000 de ellos habrían ido al PP y muchos menos a Izquierda Unida, por lo que más de dos millones están en la abstención. No debería ser imposible movilizar a estos votantes desencantados. La argumentación es voluntarista pero el PP tendría que tenerla en cuenta.

Otro elemento que matiza la controversia versa sobre los liderazgos de las dos grandes formaciones. En unas elecciones generales, el rostro del candidato tiene una importancia trascendental, y aunque Rajoy mejora su imagen, la confianza que merece de parte de los electores no se despega de la que cosecha Zapatero. En la última encuesta del CIS, la valoración que obtiene Zapatero es de 3,48 puntos, todavía por encima de la de Rajoy, que es de 3,14. En la encuesta de «Público», Rajoy obtiene un 4,3, frente al 3,3 de Zapatero, pero en tanto el 69,3% no aprueba la gestión de Zapatero, el 65% desaprueba la de Rajoy. Por añadidura, González ha recordado su propia trayectoria ante el PP de Aznar (entonces): en 1993, las encuestas daban al PP una ventaja muy holgada, y sin embargo ganó el PSOE con facilidad. Y en 1996, cuando los sondeos aseguraban una ventaja del PP de más de diez puntos, los socialistas perdieron por menos de uno. Así las cosas, es obvio que ningún candidato alternativo garantiza al PSOE un mejor resultado que el que pueda proporcionarle su líder actual. Y el vértigo de la gestión de las crisis y el calendario electoral hacen muy difícil que el PSOE encuentre ocasión y tiempo para efectuar su -˜catarsis-™ y ma durar una renovación.

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