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Tribuna | Mª Dolores Rojo López

Uno de los aspectos que recuerdo con esmero de mi niñez es, sin duda, el juego. Si miramos atrás, estoy segura que a todos nos asaltan recuerdos de nuestro tiempo libre cuando éramos pequeños y de lo felices que éramos jugando en ese tiempo de ocio del que los niños de hoy carecen. Toda la vida del niño se ha convertido en una vertiginosa carrera de fondo que se inicia desde la más tierna infancia. Parece que la competencia entre compañeros es un hecho desde los primeros pasos. Les pedimos que demuestren ser los mejores en todo lo que hacen. Que se esfuercen por cumplir las tareas escolares, las normas establecidas en el pequeño universo de la escuela y además seguir, con la máxima aplicación, las directrices pedagógicas del currículo que les toca. A nadie se le oculta la dificultad que tienen los niños, hoy, para jugar en compañía e incluso solos. Tienen demasiadas tareas pendientes.

Nos empeñamos en ignorar la importancia que tiene en su vida el compartir lúdicamente el tiempo que les queda al salir del colegio. Pero precisamente es ahí donde comienza el verdadero problema. No hay tiempo para jugar porque estamos demasiado empeñados en convertir a nuestros hijos en un pequeño ejecutivo con agenda incorporada. Inglés, música, danza, artes marciales, pintura, gimnasia rítmica-¦ y un sin fin de opciones adicionales que sobrecargan la ya dificultosa tarea diaria. Después de las exigencias escolares, que de cumplirse bien serían suficientes, pretendemos que den la talla en las actividades extraescolares en las que también han de ser los mejores. No tiene sentido este estrecho camino que hemos trazado para ellos si lo que les dejamos, tras este tiempo de sobrecarga, es precisamente horarios repletos de nuevos contenidos que se añaden a los que deben dominar en el día a día del colegio.

Las tareas extraescolares son eso precisamente: extra. Cuando los padres asistimos a las reuniones programadas por los responsables de la formación escolar de nuestros hijos, salimos convencidos del esfuerzo que deben hacer diariamente si quieren salir airosos del curso. Y sin embrago, ya hemos programado un sin fin de actividades que completan su agenda y mejoran la disponibilidad de la nuestra. Asistir a alguna actividad formativa fuera del ámbito escolar, siempre es enriquecedor. Pero no debemos olvidar que debe responder a unos sencillos criterios que entran dentro de la más elemental lógica.

En primer lugar debe ser querida por el niño. Que sea el mismo quien demande la tarea que quiere realizar porque de esa forma tendrá un valor añadido a todo el cúmulo de informaciones o destrezas que le aporte, el de la gratificación placentera de hacer lo que quiere después de la obligada asistencia a la escuela que no elige. Debe también, tener un ritmo pautado no excesivo. Debemos evitar combinar y encajar unas con otras para ocupar el escaso tiempo que les queda de forma completa. Y por último, evitar elegir éstas en función de nuestras propias necesidades horarias. Sustituir la falta de atención puntual de la madre o el padre por actividades extra que nos dejan convencidos y tranquilos de que van a estar atendidos de la mejor forma, aprendiendo. Tenemos una especie de obsesión compulsiva con que el niño se socialice rápidamente, por eso creemos que es mejor que desde sus primeros pasos estén en la guardería como si la casa fuese un lugar donde no aprendiesen lo fundamental para la vida. Incluso hay madres dedicadas a su hogar, sin el agobio de un trabajo, que optan por esa socialización primaria en la que se sienten reconfortadas porque su hijo va a estar con otros niños, en lugar de pensar que le queda toda la vida para ello y una etapa muy corta para disfrutar del juego y de las experiencias insustituibles con los más cercanos, en familia. Es un privilegio poder estar con los bebés y seguir su más tierna infancia en casa. Es una riqueza inmensa poder hacerlo así. Nada hay mejor que el contacto continuado con la madre y la interacción con el padre o los hermanos, cuando llegan. Estamos tremendamente equivocados al pensar que la escuela debe educar a nuestros hijos. Debería inventarse otro término para referirnos a su educación o bien, distinguir entre formación e instrucción académica. La escuela enseña acompañando de valores su acción didáctica. Pero es la familia; son los padres quienes de ben establecer en el niño los pilares de la conducta. Porque, entre otras alegaciones posibles, sería absurdo dejar en manos ajenas algo tan trascendente.

Lejos de ser una descarga de nuestra responsabilidad estaríamos ante un acto temerario de irresponsabilidad irreparable, aunque fuese la institución escolar la que recogiese el testigo. Nadie puede sustituirnos en la delicada tarea de transmitir nuestros valores, los ideales por los que luchamos, la identidad con la que nos afirmamos en el mundo que nos rodea, las sólidas convicciones que nos transmitieron los nuestros o esa especial forma de creer, o no creer, en algo más que nos trasciende. Todo ello va a ser el manual de uso continuado que tengan nuestros hijos cuando sean ellos los que se enfrenten a su mundo. La escuela completa la tarea, sin duda. Y lo hace bien.

Se esfuerza en aderezar la pura y dura instrucción, a la que debe su razón de ser, con valores y principios que encauzan actitudes y comportamientos propios de los alumnos en el recinto escolar. Pretende, además, que este aprendizaje y la puesta en práctica de lo que así ejercitan, trascienda las estrictas horas académicas y sea referente de las conductas fuera del aula. Por eso es tan interesante que los padres y los profesores estén en contacto periódico sin abandonar el empeño que a ambos los une. Entre otras cosas porque cada uno cumple una función y nunca pueden mezclarse y menos sustituirse. El objetivo es el mismo, que el hijo o el alumno aprendan y sepan comportarse; pero si algo está claro es que a la escuela estamos ligados en un periodo concreto, a los padres durante toda la vida.

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No debemos olvidar que las actividades extraescolares deben llenar un tiempo que debería estar destinado al ocio de nuestros hijos y por tanto deben llevar implícitas ese aspecto lúdico deseado y disfrutado como tal por ellos. Obviemos la carrera absurda de que nuestro niño sea el mejor siempre, en todo y sobre todo. Porque de esa forma olvidamos con frecuencia que ante todo deben tener tiempo y ocasión de ser niños que jueguen, rían o peleen como la mejor parte de la experiencia que supone vivir.