TRIBUNA
Paseando por los cementerios
A unque yo no me haya alistado nunca a ningún club de amigos de los cementerios, contrariamente a lo que le sucede al escritor peruano Antonio Cisneros, ni tampoco haya sido nunca una necrófila, ni siquiera amateur, reconozco en mí u n cierto interés desde no hace excesivos años por los camposantos, cementerios o necrópolis.
Un cementerio es algo serio -"pese a la rima-" que concita miradas, oraciones, reflexiones, análisis sociales, caminatas, paseatas y hasta convivencias familiares y amistosas de mesa y mantel. Claro que lo penúltimo y último en nuestra querida y ahora con la crisis mundial descalabrada España no se da. Pero sí en países como Rusia, Méjico o Noruega, por señalar algunos. Precisamente en mi artículo «Donde Europa no es Europa», aparecido en Diario de León el primer día de agosto del año 2007 algo se cuenta al respecto.
Mas con antelación al citado artículo yo ya había depositado mis curioseantes ojos en tan mortal tema, conforme delata mi poema Cementerio noruego recogido en mi poemario Mapa de encuentros . Desde entonces a hoy sigo fijándome en túmulos, lápidas, nichos, mausoleos, tumbas sencillas, olvidadas o no. Desde el respeto y la consideración, aunque en algún momento me haya supuesto un leve choque verbal, como el que me ha ocurrido en la peruana isla de Taquile cuando mi cámara apuntó, insisto, siempre desde el respeto, a una tumba casi ahogada por la maleza y una turista española de cuyo nombre no quiero acordarme me increpó vociferante y amenazadora.
Como todo en la vida existen camposantos más o menos prestigiosos. Su importancia a veces se la otorga la presencia eternamente sigilosa de notables ocupantes, tal sucede con el de Tijvin, dentro del Monasterio de Alexander Nevsky, en la rusa San Petersburgo, donde en la interioridad más profunda , entre arbustos y maleza, una puede recuperar con renovada emoción y devoción El lago de los cisnes y El cascanueces , de Tchaikovsky, o la música de su colega y cementerial vecino Borodín, además de las de otros afamados músicos del antiguo país de los zares, o bien releer con el alma puesta en pie Crimen y castigo, de Dostoievsky. Incluso, en ocasiones, un solo muerto vale por miles. Qué digo por miles, por cientos de miles. Para comprobarlo no hay más que acudir al Cementerio de Arlington. Aquí las más de 300.000 tumbas con sus lápidas blancas ocupadas por militares se ven eclipsadas por la tan sencilla como aislada en la parte alta del cerro correspondiente al presidente John F. Kennedy.
Algo parecido a lo anterior podría aplicarse al Cementerio General de la Recoleta en Buenos Aires. Pues la figura de Evita Duarte emerge sobre las demás, aunque en honor a la verdad, tal camposanto, muy concurrido por nativos y turistas, no lo es tanto por el extraordinario mausoleo que alberga el secuestrado y muy viajado cadáver de la esposa de Perón, sino por las abundantísimas, bellísimas esculturas y vitrales que pueblan sus numerosos mausoleos, hasta el punto de aludirse a él como un museo al aire libre.
En tan breve recorrido cementerial quiero dedicarle unas líneas a uno que si no ha desaparecido ya de la faz de la tierra le quedan escasos días. Me refiero al Cementerio Universal de Bucaramanga, en tierra colombiana, sobre el que recae una sentencia de demolición en aras del progreso atribuido a la construcción del costosísimo Viaducto de la Novena, aunque no es lo último lo que me empuja a hablar de él. No. Me interesa por cuanto es el reflejo arquitectónico de la expulsión o discriminación a la que la iglesia católica, cuyos representantes, en abundancia, han llegado a denominarlo el «Cementerio de los perros», ha sometido no precisamente a perros, sino a muchos, muchos seres humanos, tales como suicidas, liberales, masones, prostitutas, ateos, casados por lo civil, evangélicos... Que ¡cómo me duele tanta barbarie! Y bien, los cementerios y sus inertes ocupantes han inspirado a poetas como Paul Valery en su Cementerio marino ; a Gerardo Diego en Cementerio civil y al penúltimo Premio Nacional de Poesía, nuestro dilecto Juan Carlos Mestre en La tumba de Keats . Algo semejante ha ocurrido con la obra de inteligentes y creadores fotógrafos como David Norton y ya en las cercanías territoriales con la del berciano Robés.
Cementerios arriba y cementerios abajo, pese a ese interés confesado inicialmente por mí, no acabo de familiarizarme del todo con ellos. Como a la mayoría me producen algún miedo cuando no se divisa nadie alrededor o sobreviene la sombra nocturna estos espacios frecuentados por gatos que van, vienen, dormitan sobre los panteones, observan desde los nichos, olfatean por todas partes, maúllan por momentos, se esconden tras los sepulcros, o se pavonean ante tus narices, estableciendo una convivencia sui generis con los finados, tal vez porque quieren aprender de ellos de cara a establecer su último acomodo en alguno de los todavía escasos cementerios para mascotas. Sea así o no, deseo concluir con esta posdata otoñal: en estas fechas dedicadas a los difuntos vaya mi especial recuerdo para los cementerios de Otero de Naraguantes, ya sin su magnífico manzano y cipreses, y ese otro que desde el Vistolín mira altivo a Capeloso. Sé bien por qué lo digo.