La decisión de Rosario
Frenista en una mina de Fabero cuando sólo tenía 16 años, se casó uno después y veinte más tarde emigró a Francia. Se fue con quien la acompañó toda la vida. La diebetes y el alzhéimer que hicieron penosos los tres últimos años de su vida acabaron con su marido hace año y medio. Viuda, sola a los 82 años y con la excepcional compañía de su perro, es la única vecina de Penoleso, una aldea remota de los Ancares. No recibe más visitas que la del servicio de ayuda a domicilio y puntualmente, cada viernes, la de una vendedora ambulante que le deja lo imprescindible para sobrevivir al invierno. «La hija que nunca tuve», dice. Rosario Arias Fernández personifica el proceso del vaciado humano de los pueblos leoneses. Lo retrata en su persona un magnífico reportaje de Ana Gaitero que hoy ofrece este periódico. Un ejercicio de alta escuela periodística. León perdió durante el siglo pasado la vida de 19 pueblos y en el umbral del que vivimos otros 88 están al borde de la extinción. La dispersión poblacional -”tenemos 1.402 núcleos habitados-” es un grave problema para las administraciones por el alto coste de los servicios. Es razonable que se tienda a la concentración y es un argumento tan defendible como el empeño de Rosario por seguir viviendo en el paraíso. Es su decisión... y su de recho.