FRONTERIZOS
Piezas de nuestra civilización
M e lo estoy imaginando: el imperi o relucía en los primeros siglos de nuestra era, tan enorme, tan poderoso, tan inabarcable, tan opulento. Más allá de sus vigiladas fronteras hacía frío y sus habitantes hablaban lenguas extrañas, nada comparable con la perfección refinada del latín. Los bárbaros eran la amenaza lejana, la incógnita que inquietaba los sueños de los niños bien alimentados. Las élites vivían instaladas en la confianza, entretenidas en sus rentables negocios, en la magnificencia de una cultura que dibujaba su visión del mundo. Los dioses estaban a su servicio. La tecnología beneficiaba su bienestar. Los poetas cantaban sus hazañas. Los esclavos velaban por sus dueños. El poder organizaba un complejo entramado de espectáculos populares que mantenían entretenido al populacho. Todas las piezas encajaban en un engranaje perfecto, destinado a mantener su esplendor por toda la eternidad.
Seguramente sólo unos pocos visionarios eran capaces de detectar las señales de la podredumbre sobre la que se levantaba el imperio. Cuando la sociedad vive experimentando con la gastronomía rococó, con la erótica de los mercaderes, con la morbidez de la carne, es de muy mal gusto detenerse a analizar las cloacas del sistema. Esa es labor que se delega a oscuros departamentos donde no se hacen demasiadas preguntas, donde se buscan resultados higiénicos, rápidos y discretos en los que la más mínima reflexión sobre cuestiones éticas sería considerada alta traición. Por eso en aquel imperio se asesinaba, se torturaba, se violaba, se amenazaba, se extorsionaba, todo dentro de un orden místico instalado en la comodidad de un sistema de sólida apariencia, cuyos cimientos ya estaban resquebrajándose sin que nadie se percatara.
Qué diferencia entre aquel lejano imperio y la actual civilización occidental, tan asentada en el derecho, tan cuidadosa con la ley, tan vigilante del juego limpio. A ningún poderoso de nuestro tiempo se le ocurriría ordenar la invasión de un estado mintiendo descaradamente a la población sobre sus intenciones reales; ningún empresario se plantearía contratar a un grupo de macarras para amedrentar a su competencia con métodos extraídos de una mala película de mafiosos; ningún gobierno miraría hacia otro lado ante el abuso de un reyezuelo con los ciudadanos abandonados a su suerte de una ex colonia; ningún presidente se preguntaría si hizo bien denegando la orden de volar a la cúpula de una organización, por muy criminal que ésta fuera, mientras se encargaba el trabajo sucio a un aprendiz de Clint Eastwood con maneras de matón de barrio. Qué bien encajan las piezas de nuestra civilización, destinada a mantener su esplendor por toda la eternidad.