CON VIENTO FRESCO
Los ídolos
La campaña electoral catalana se ha convertido en una caricatura pornográfica de la política. Se acusa a los políticos de zafiedad, la hay; pero también juegan a ocultar la realidad y, de este modo, no hablar de los graves problemas que nos agobian y atemorizan. Se echan en cara, unos la incapacidad para resolver la crisis, otros carecer de programas. Todo es una farsa, porque saben muy bien, y por eso hay que ocultarlo con la basura pornográfica, las causas de la crisis y las soluciones.
La crisis financiera internacional, que actuó como desencadenante, puso de manifiesto el específico problema de España: el insoportable déficit que padecemos por los gastos de la oligarquía que nos gobierna. Zapatero sabe cómo resolverlo pero no quiere porque pulverizaría lo poco que aún le queda de su sedicente discurso izquierdista.
Rajoy quiere pero probablemente no puede, pues se lo impiden sus propios correligionarios. Es esto: reducir el gasto desbordado e insolidario de las autonomías ¿quién pone ese cascabel?; reformar el sistema bancario, las cajas de ahorro ¿dejar a las autonomías sin su fuente de chanchullos y nepotismo?; reforma laboral ¿con estos sindicatos?. La solución, como no nos la impongan desde fuera, es hoy imposible, aunque nos acercamos inexorablemente al abismo.
Hay precedentes históricos. Los estudia Jared Diamond en su libro Colapso, por ejemplo el de la isla de Pascua. Un pequeño grupo polinesio llegó poco antes del 900 a la isla que, por entonces, contaba con frondosos bosques, tierras para ejercer la agricultura y aguas marinas con abundante pesca, su principal alimento.
La población creció hasta los 30.000 habitantes y se organizó en once o doce clanes, todos descendientes de Hotu Matua (El Gran Progenitor), que ocuparon diferentes cuñas territoriales de la pequeña isla. La autonomía les llevó a una competición (no irracional desde la óptica de cumplir su -œdestino-) por levantar estatuas de piedra, los célebres moais, a cada cual más alta. Para transportar las estatuas, entre 10 y 75 toneladas, desde la cantera, a sus territorios arrasaron el bosque, sacrificando los árboles para las canoas que les permitían la pesca.
Esta competición idolátrica identitaria terminó en guerras y destrucción de moais; la población prácticamente desapareció, la cultura cayó en el olvido y los escasos pobladores vivieron miserablemente hasta la llegada del hombre blanco en el siglo XVIII. Gustavo Bueno utilizaba recientemente este ejemplo como paralelo histórico y antropológico, verdadera metáfora, de esta oligarquía y poliarquía que es la España de las autonomías.
¡Nadie pondrá remedio a tanta locura!