Diario de León
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N o es infrecuente oír hablar, o leer en los periódicos o ver en la tele, mensajes -“con nombre propio- alusivos a los embajadores de Unicef en el mundo. Integran un colectivo de personas, casi siempre famosas, que con su autóritas (por lo menos moral, en base a sus capacidades y éxitos profesionales) y con su notoria proyección popular, están dispuestas a llamar la atención sobre un concreto objetivo: ayudar a los más necesitados, especialmente a niños y niñas carentes de todo. Por cierto, la velocidad de crucero reflejada en las últimas estadísticas -“año 2.009- respecto de la mortandad infantil en zonas deprimidas, alcanza cifras escalofriantes: más de 24.000 menores de cinco años mueren cada día en el mundo. Además de que doscientos millones tienen problemas por malnutrición, y unos ¡mil millones! carecen de algún servicio esencial para su desarrollo. Bienvenidos, pues, los embajadores de buena voluntad del Unicef. Es una excelente ocurrencia aliar fama -buena fama- con solidaridad, trabajo y asistencia a un prójimo tan sensible como el de la infancia. Un dicho sabio y antañón dice que la fama, lo mismo puede ser alas para el espíritu, que venda para los ojos. Dedúzcase de esto que no solamente los Pau Gasol, Imanol Arias, Messi, Claudia Schifer, Fernando Alonso, etc., pueden ser investidos de embajadores, sino que nosotros, con los ojos vendados a toda publicidad , tenemos asimismo el deber de ser, por lo menos, cónsules o cancilleres de la caridad cristiana.

Hay fórmulas para participar en una tarea tan edificante y urgente. Por ejemplo atendiendo a benéficas promociones, tal que la tradicional Cena de Unicef-León que se celebra este sábado en el Hotel Conde Luna. Son tiempos difíciles. Y económicamente más; por lo que parece un sarcasmo llamar a la gente a cenar para ayudar a los que no comen. Mas no existe sarcasmo alguno, si se tiene en consideración que no son abundantes los modos rápidos para ejercer el propósito de socorrer a la humanidad desvalida. Aparte los casos cercanos de apremiante atención en nuestro propio solar -tenemos chicos y chicas en los cuales habrá que ir pensando-¦- también podemos dar fe de que existen comunidades, como la haitiana que, literalmente, se muere de un minuto para otro. España y Francia, por este orden, son las naciones que más ayudan al martirizado pueblo de Haití, que ahora se hunde en la disentería.

De otro lado, las demandas de ayuda del Unicef no se realizan de forma indiscriminada, sino principalmente dirigidas a quienes sí pueden, y que, tal vez en ésa misma noche de Unicef-León, tuviesen idea de cenar fuera de casa-¦ Acuérdense de la viuda del Evangelio, los céntimos de su limosna resul taron ser los más ejemplares de la colecta; por que constituían todo su capital. No está mal, no, lo de erigirnos espontánea, solidaria y fraternamente en embajadores de buena voluntad.

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