RÍO ARRIBA
El Crucero
A mí me gusta pasear por El Crucero. En esta ciudad tan burguesa, que hace gala de su patrimonio monumental y de sus emergentes polos tecnológicos, ese barrio que fuera fabril, conserva un aire fronterizo. Como de lugar de paso, pero también de vecindad industriosa, un poco a la manera de esos campamentos de buscadores de oro que compartían porfías y sinsabores en el pasado. Con esa disidencia íntima y orgullosa de los sitios recios, las pequeñas patrias que han absorbido con generosidad refugiados de cien naciones, con sus comercios seculares alzando la trapa a pesar de la crisis. Se llevará a engaño quien piense que ésta es una periferia moribunda y sin pulso. Nada más lejos de la realidad. Para empezar, porque aquí puedes encontrarte con ciudadanos singulares como Benito, el estanquero que tiene editados libros de cine; o Jesús Prieto Olite, gemólogo cosmopolita al que recientemente galardonaron por su labor artesana; o en el corazón del distrito, a Isidro y Fernando, cuyo kiosco y ferretería representan la perseverancia de los negocios diligentes y madrugadores. Estos comerciantes, en medio de un país de sainete que indudablemente se nos cae a pedazos, poseen la inesperada, insólita cualidad de la resistencia. Tienen, tal vez, algo de personajes galdosianos, pero también de pioneros hechos a sí mismos. El Crucero irradia una fragancia literaria. Piensen en su crianza ferroviaria y en las resonancias novelescas del barrio colindante, Paraíso-Cantinas, cuyo nombre evoca la geografía de un Buenos Aires sedicente y noctámbulo. Ya les digo que a mí no me importa perderme por sus calles, tan cerca y tan lejos de lo que se considera por algunos la parte noble de la ciudad. Aquí, desde luego, no hay palacios renacentistas, ni pináculos góticos, aunque hay quien se jacta de poder pasear por el mejor parque de León. En el Parque de Quevedo, bajo un viento novembrino, me vi envuelto yo una tarde en un lienzo de hojas impresionistas. Más allá de El Crucero, los que controlan el cielo y la economía, parecen estar pitando con brochazos siniestros una acuarela de tonos sombríos. A lo mejor, esa belleza efímera y el tesón de sus vecinos, son el último símbolo de resistencia que nos queda.