Comienza la cuenta atrás para el carbón
El Consejo de Ministros de Competitividad de la UE no tuvo ayer mucho trabajo. Como autómatas y sin debate previo, los ministros dieron el visto bueno definitivo a la prórroga de las ayudas al carbón hasta el 2018 sin apartarse un milímetro de lo acordado el miércoles en el Comité de Representantes Permanentes. Léase, con claridad y sin hirientes ambigüedades como las escuchadas ayer al término de la reunión: la suerte está echada, el carbón ha entrado en el corredor de la muerte y hay fecha para el finiquito: 2018. Esto es lo fundamental y lo demás es mero artificio, incluidas las «alegres» declaraciones que insistían en ver medio lleno un vaso que está vacío. Para los anales quedará el optimismo exhibido por el ministro de Industria, Miguel Sebastián, quien afirmó que la decisión de la UE «da un horizonte de futuro» al carbón. También se mostró satisfecho el secretario de Estado para la UE, Diego López Garrido, quien hablaba de «una buena noticia» para la minería. Todo un sarcasmo para los miles de familias cuyo sustento depende, directa o indirectamente, de la actividad minera. Pero también es como para subrayar lo manifestado por la eurodiputada socialista por Castilla y León, Iratxe García, quien se felicitaba porque se garantizaba «una cierta tranquilidad al sector». Quizá se refiere la eurodiputada a la -˜tranquilidad-™ del que se sabe condenado y sin salida.
Aquí ya no valen las medidas tintas. Ciertamente se da un balón de oxígeno a la minería y se garantiza la continuidad de las ayudas hasta el 2018 pero esas ayudas están directamente ligadas al cierre de las explotaciones no rentables (o sea, todas) y a un calendario de reducción progresiva de la cuantía de las ayudas. Algo que difícilmente podrán afrontar unas empresas descapitalizadas y con gravísimos problemas de liquidez.
El Gobierno se aferra ahora a un próximo Plan del Carbón como a una panacea pero aquí estamos escaldados de industrializaciones que no industrializan y de reconversiones que no reconvierten. No hay que perder la esperanza; algo habrá que hacer para pasar este duro trago pero, al menos, que no nos hagan beber un optimismo que está mezclado con cicuta.