Diario de León

LA 5º ESQUINA

La medida de todas las cosas

Publicado por
JESÚS ÁLVAREZ COUREL
León

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P erseguir mitos es una de nuestras debilidades. Aún no somos humanos, que diría Eudald Carbonell - investigador de Atapuerca-, porque para alcanzar el estadio perfecto deberíamos abandonar los mitos y las religiones, socializar la técnica y liberarnos de lo biológico, en cuanto a las obligaciones de la reproducción. Si por un lado ponemos sobre el cabecero de la cama la foto con el gol de Iniesta, por otro nos abatimos el día que descubrimos que los héroes están hechos de clembuterol. Para Demócrito la alegría debía ser una meta en la vida. La moderación y la cultura se antojaban al filósofo lo mejor para conseguir la felicidad. Poco caso hacemos al sabio griego, ya que nuestra realidad quiere peanas y cadalsos. La alegría para nosotros nace de la envidia y se convierte en euforia cuando se trata de festejar las desgracias ajenas. Vamos, que no tenemos medida. Y peor cuando el mito está escondido en la historia.

Para muchos la identidad se forja con cuentos palaciegos. Eso da tono, sobre todo en provincias. Para otros desde lo cotidiano de los filandones populares. Aunque las andanzas democráticas de Alfonso IX y el entierro de Genarín gusten como propias, a nadie desagrada incorporar un producto chino al ajuar doméstico, un vocablo francés a la oratoria de café e incluso admitir a Lady Gaga como una más de la familia.

Creer que hay «una identidad constituida desde siempre es una estupidez», dice el antropólogo Marc Augé para el que además «no hay identidad sin la presencia de otros». Una reflexión acertada que se postula frente a la visión épica de algunos historiadores -aunque le pese a Juan Pedro Aparicio, profeta de Alfonso IX-, que busca singularizar un hecho concreto del pasado para consolidarlo como el logotipo de un pueblo, ignorando el espléndido mestizaje del que estamos hechos en León y en toda Iberia.

Es curioso que la época romana o la Edad Media se hayan convertido en paradigma de nuestros desvelos identitarios y el Renacimiento o el Barroco -en sus aspectos humanistas y técnicos-, se hayan quedado para vestir santos (sobre todo los de Semana Santa) a la hora de fijar el manifiesto de lo «nuestro». Cualquier monarca feudal fuera santo, craso o malo; o los caballeros templarios, cátaros o calatraveños se incorporan a la tarumba contemporánea sin otra explicación que la de vivir bajo la misma época sombría donde, como decía Bertrand Rusell, «la actividad intelectual era casi inexistente».

El hombre es la medida de todas las cosas, decía Protágoras. Y Sócrates le contestaba que un sabio era mejor medida que un tonto-¦ Había que hacer algo.

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