LA ASPILLERA
Alta velocidad
E l AVE, que ya vuela de Madrid a Valencia cortando como un cuchillo las tierras del morteruelo, es ya un símbolo de los contrastes de una sociedad de nuevos ricos que exhibe ufana su cara de hipermodernidad al mismo tiempo que esconde sus vergüenzas de país endeudado hasta las cejas al que se mira desde Europa con una mezcla de asombro y creciente desconfianza. Vivimos de prestado a 300 kilómetros por hora.
Aquí pasa algo parecido. Con la cartilla bajo mínimos, la pensión en carne viva, con los agricultores y ganaderos haciendo cuentas por la noche y con las minas a punto de convertirse en atracción turística nos van a traer dentro de nada un lujo de tren velocísimo que no está claro si es para venir... o para marcharse a toda mecha. Disculpen ustedes que no me baje de este escepticismo poco edificante pero creo que puede resultar peligroso concebir el AVE como un maná que nos llenará graciosamente las alforjas. No es tiempo de levitar sobre las vías sino de pisar el duro y frío suelo de esta tierra lacerada.
Si sobrevivimos a la amenaza del 2011, y si se cumplen las previsiones, (atentos a los condicionales), el 2012 nos meterá en el mundo de la alta velocidad y Madrid nos quedará a dos horas, el tiempo de ver una de Clint Eastwood. Hasta ahí todo estupendo. Lujo de pendones para recibir al tren de diseño. Pero, para entonces, ¿habremos hecho los deberes previos? La potencialidad del AVE puede ser tan alta como su velocidad siempre que, sin esperar a que llegue, se hayan sentado las bases para sacarle partido. De momento casi todo parece gravitar en torno al Palacio de Congresos y de que puedan cumplirse unos objetivos trufados quizá de demasiado optimismo: mil empleos y 128 millones de euros de ingresos en los primeros nueve años y un sustancial incremento del turismo. Ojalá sea así y que una gestión acertada acompañe el desarrollo de este proyecto cuyos primeros cinco o seis años serán claves dado que las pérdidas se dan por seguras en esa primera fase de la explotación.
Pero, dejando al margen el Palacio de Congresos, se echa de menos una estrategia de futuro con una mirada más ancha. León debe encauzar su porvenir en base a una cuidada planificación (¿dónde está?) sobre la base de la ciudad que queremos. Y si la opción es reforzar su condición de ciudad de servicios habrá que ponerse manos a la obra y pasar de la mediocridad a la excelencia. Pero ya, a alta velocidad. Para no perder el tren.