León

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U na columna sincera sobre tema navideño solo tiene sentido si es personal. Aquí va la mía, un año más. Reconozco mi doble deuda con la Navidad. La primera de ellas: mi hijo Eduardo nació en este día, después de haberle bromeado a mi mujer: «je, je, ¿te imaginas que se te adelantara el parto?». Dicho y hecho. La segunda: la última conversación que tuve con mi padre, antes de que falleciera, fue en Navidad, cuando nada hacía sospechar que nos estábamos despidiendo, pero la Gracia actuó y en aquella charla tuve ocasión de agradecerle su amor sin ni siquiera intuir que estábamos en el epílogo de nuestra relación terrenal. Esas son mis dos deudas navideñas: una con la vida; la otra con la muerte. Un hola y un adiós, en las fechas en que festejamos el nacimiento del Redentor, pero desde la consciencia de lo que habría de venirle después; en definitiva, de su sagrada misión.

Y desde aquí mi reconocimiento a todos los pequeños y medianos comerciantes de León que en estos días de crisis afrontan el ser o no ser de su negocio. Consumamos, cada uno en la medida de nuestras posibilidades. Consumir es hoy un acto de solidaridad. Con medida, inteligencia, corazón-¦ pero que no haya comercios vacíos. «No tengáis miedo», nos recalcaba Juan Pablo II. Nos habíamos librado de muchos de los reveses que asolaron la infancia y juventud de nuestros padres -”guerra civil, posguerra, guerra mundial-”, pero ellos nos enseñaron a navegar a favor de la corriente y en contra de ella. Saldremos. Mi homenaje también a Cáritas, y a cuantos estos días se volcarán con los más necesitados.

No me he escapado de la película «Qué bello es vivir».Sé que la condición humana tiene más de tragedia de Shakespeare que de cuento de Disney. Un hombre no puede esquivar los problemas, pero sí puede elegir la forma en que se posiciona ante ellos. Y ante la crisis, no hay otra forma sensata de posicionarse que hacerlo desde la fraternidad, esa vieja palabra que no envejece. Sí, entre esas dos fronteras espirituales establezco mi Navidad. Entre un saludo, la llegada de mi hijo Eduardo al mundo; y entre una despedida, la última conversación con mi padre. Y hola y adiós también para ti, lector, aunque volvamos muy pronto a reencontrarnos.

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