Diario de León
Publicado por
miguel áNGEL varela
León

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L a cosa es más o menos así. Usted entra en su pastelería favorita y se lleva toda la producción del día. Con ella monta un tenderete enfrente del establecimiento y ofrece el producto a una décima parte de su precio. Cuando el confitero le reproche su actitud usted, sin inmutarse, apela con toda seriedad a la libertad de comercio, al derecho universal al disfrute del dulce y, si acaso, sugiere que le cobre las pérdidas a los fabricantes de azúcar, que se están forrando con las ventas de los pasteles robados. Todo esto con la connivencia de la autoridad, con el beneplácito de las fuerzas políticas (unas porque sospechan que el pastelero no les ha votado y otras porque están muy ocupadas en la defensa del rabillo doble de la boina del Ampurdán, elemento etnográfico en peligro de extinción, con grave quebranto para la cultura del mundo mundial); y, lo más asombroso, con el aplauso mayoritario de la población, encantada por la práctica gratuidad de las tartas de crema e incluso organizada en asociaciones de ciudadanos golosos que reivindican su derecho a la hiperglucemia y tienen abogados que lanzan hermosos alegatos a favor de la libertad en el intercambio de placeres gastronómicos, encendidas soflamas sobre el egoísmo del pastelero ambicioso y acerados vituperios para los que se niegan a aceptar el moderno modelo de relaciones, consecuencia de los avances en mercadotecnia social, consistente en que uno trabaja y otros se aprovechan «by the face» de ese trabajo.

A todo esto el gobierno, presionado por sus socios de la aldea global, empieza a darse cuenta de que este comercio de peristas al por mayor está feo y que pone en riesgo un sector industrial y creativo que, además de dar lustre y entretener al personal, según les ha advertido el que lleva los números, suma un buen pico en el PIB nacional e incluso da trabajo a unos cuantos cientos de miles de paisanos. Por si esto fuera poco, el pastelero no sólo ha votado a ese gobierrno sino que le diseñó para la campaña un pastel exclusivo en forma de ceja que tuvo cierto éxito. Pese a todo, como anda el gobierno muy liado con unos problemillas financieros y el presidente muy entretenido jugando con los suyos a las adivinanzas, no ha puesto demasiado interés en el tema y ha colado el asunto en una ley sobre una tal economía sostenible, que debe ser un tema de ropa interior femenina de gran trascendencia. El caso es que nadie ha querido apoyarlo en su propuestas de contener a los peristas al por mayor. Y ante este panorama el pastelero ha decidido trasladar el negocio a uno de esos países tan serios que no permiten el robo. Los golosos ahora se conforman con bollería industrial, que compran a precio de alta cocina.

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