Diario de León
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JOSÉ A. BALBOA
León

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Mi amigo empresario está encendido, exasperado casi desesperado por la crisis, que arruina empresas, abandona a su suerte a millones de parados y destruye los ahorros y esperanzas de muchos españoles, mientas los políticos se suben los sueldos, mejoran sus pensiones o, sin el menor escrúpulo, pretenden hacer funcionarios a miles de conmilitones, pese a la debacle de la hacienda pública.

Le brillan los ojos cuando, recordando sus años de joven comunista, grita, sin importarle los que pasan al lado, que hay que lanzarse a la calle, echar a los políticos a gorrazos, pues no merecemos lo que nos está pasando. Siento que hay que hacer la revolución, dice casi en un suspiro.

Mi amigo olvida los horrores a que condujo tal espejismo en otros tiempos. Richard Overy en su magnifico libro Dictadores, un voluminoso estudio comparado sobre las dictaduras de Stalin y Hitler (Tusquets, 2010), recuerda cómo este último usaba con frecuencia esta palabra para referirse a la destrucción del orden existente y los planes del Partido de construir una nueva Alemania, que al final terminarían en el holocausto y los campos de concentración. Los millones de muertos en la dictadura de Stalin se causaron en defensa de la revolución y no solo por la conducta patológica del líder comunista.

No tengo muchas palabras de consuelo. El año comienza con mal pie, con anuncios de subidas de impuestos, nuevos recortes sociales, pocas esperanzas de cambio, al margen de la verborrea de un gobierno que nos miente o se engaña con mejores perspectivas, que no se ven por ninguna parte. Nada anuncia, por ahora, que la crisis haya detenido su marcha y comience a remontar la economía. Tal vez porque esta crisis 'mi teoría puede resultar insólita para la mayoría', no la puede resolverla este gobierno.

Creo que la crisis, cuyos orígenes financieros e internacionales no voy a discutir, tiene un componente especial en España. No se trata sólo de que ésta, en cierto modo, ha sido provocada por la actual estructura territorial, que es insostenible, sino que la propia crisis tiene un carácter providencial, porque sin ella la política de este gobierno acabaría destruyendo España con el asentimiento de muchos.

Tanto la política antiterrorista y autonómica, con la locura de las reformas estatutarias, como leyes que no han hecho más que dividir a la sociedad no serían contestadas, pese a su carácter letal, sino fuera por la crisis. Ésta ha puesto de manifiesto lo disolvente de ciertas políticas y, de forma dialéctica, las ha profundizado para hacerlas más claras incluso para aquellos que antes las aplaudían. Esta lectura, sino es un espejismo, al menos ofrece alguna esperanza.

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