TRIBUNA
El débil pulso de la democracia
L os pedagogos de la dictadura franquista sabían muy bien qué era la democracia, aunque no querían saber nada de ella. Establecieron una curiosa distinción entre demofilia y democracia. Los demófilos son los amantes del pueblo, mie ntras que los demócratas son los partidarios de que sea el pueblo el que gobierne. Se puede ser demófilo y no ser demócrata; es decir, se puede amar al pueblo como a un hijo y no ser partidario de que estén en sus manos las altas jerarquías de la nación. ¿Por qué? Pues, porque el torpe e ingenuo pueblo obviamente no está preparado para desempeñar la función de elegirlas. No es lo mismo montar un Ministerio que montar un simple mecano o un fácil rompecabezas. Encomendar al pueblo, que no ha estudiado ni aprendido el difícil arte de gobernar, la responsabilidad de dirigir un Estado, es una insensatez. Dirigir bien una familia no es fácil; dirigir una fábrica o una empresa es más difícil todavía. Para dirigir una nación aun se necesitan «conciencias superiores». De modo que a la crucial cuestión de quién escoge o elige a esas «conciencias superiores», los regímenes antidemocráticos no tienen otra respuesta que la autarquía, con la anuencia de la providencia y la sumisión los gobernados.
La paternalista demofilia en España dio paso a la durante treinta y cinco años denostada democracia. Aunque, sin carácter vitalicio, lo cierto es que, actualmente, «gozamos» de un período democrático. Pero, cabe preguntarse, ¿qué clase de democracia es ésta, auténtica o espuria? ¿Es el pueblo el que efectivamente gobierna a través de sus representantes? Y la respuesta a simple vista no puede ser más afirmativa, pues los elegidos para gobernar lo son por sufragio universal. Y, una vez elegidos, ¿se comportan conforme a sus promesas y a la voluntad popular o, en su defecto, se desentienden y actúan a favor de otros intereses? ¿Ser elegido significa tener patente para satisfacer antojos o ha de hacerse en permanente consulta popular? ¿Y el pueblo «soberano», participa en la exigencia o se inhibe de su responsabilidad? ¿Por qué el pueblo ha permitido que determinadas «castas» (políticos, controladores aéreos, etc.) se hayan investido de autoridad para remunerar su propio quehacer laboral con privilegios sociales y económicos verdaderamente insultantes para el resto de la ciudadanía?
Ante toda esta batería de preguntas y a la vista de los graves acontecimientos que nos sobresaltan casi a diario con niveles de complejidad e incertidumbre alarmantes, se me ocurren una serie de reflexiones y pronunciamientos. Como se ha dicho con razón, esta crisis no es económica, es de valores. La codicia y la corrupción avanzan tan aprisa que están cercanas a confundirse, incluso superar, a las virtudes; al fin y al cabo, como decía un tío mío, la vida es efímera y checoeslovaca. En tiempos pasados de decadencia, Miguel de Unamuno dijo que le «dolía» España; a mí me escuece. Y me escuece sobre todo por lo endeble de nuestra democracia actual, por la débil capacidad de respuesta (que suele llamarse «moderación») de la sociedad civil y por el desgaste de la credibilidad del estamento político. Estar de acuerdo o en desacuerdo con el PP o con el PSOE, que es lo que los políticos quieren que hagamos, particularmente me importa una higa.
La fortaleza de la sociedad civil es lo fundamental de un sistema auténticamente democrático y no un sucedáneo sin chicha ni limonada. Si la sociedad civil permanece muda y sin pulso, se convierte en simple eco, instrumento o marioneta de los poderes. Al tan cacareado «apoliticismo» hay que replicar con aquello que Antonio Machado dijo dirigiéndose a jóvenes estudiantes: «Haced política o la política se hará contra vosotros» Y hacer política es pensar todo lo contrario a inhibirse, despreocuparse, a dejar hacer. No tener curiosidad intelectual es de las cosas más tristes de las que un ser humano pueda alardear y una nación sonrojarse. No lo olvidemos, en todas las tiranías hay siempre parte de culpa de los tiranizados. Para que la sociedad civil sea fuerte y los políticos no sean precisamente tema de preocupación, la ciudadanía tiene que asumir la alta cuota de responsabilidad que le corresponde. Cargar toda la responsabilidad de los males en la clase política no es una buena elección para la democracia. Entre elección y elección hay que hacer algo más. La capacidad de expresar una idea con un sólo voto es muy pequeña, tan pequeña como que la única capacidad de protesta sea la pasividad, el permanecer cruzados de brazos.
Haciendo balance de fin de año, es preocupante, y a la vez paradigmático en cuanto al pulso democrático del país, lo acontecido con la deserción y posterior reincorporación a sus puestos de trabajo -por imperativo legal que no moral- de los controladores civiles del espacio aéreo español. A estos encumbrados operarios se les ha permitido adquirir tan sideral grado de poder, adquisitivo como intimidatorio, que han sobrevenido imprescindibles, soberbios y envidiables. Sus antagonistas de Aena y el Gobierno han obrado a golpe de decreto con singular torpeza en el cálculo de probabilidades. Creo que en las respectivas maniobras de ese rifirrafe entre los controladores y los gobernantes, a unos y a otros les ha importado más erigirse en vencedores de su peculiar batalla que las consecuencias sobre los viajeros.
Después del grave daño ocasionado a la economía y al prestigio del país, se habla de la actitud moderada de las víctimas, responsabilidades de los culpables y tino del Gobierno. Al fin todo se arreglará: unos no querrán meterse en líos, otros prometerán que en adelante van a ser buenos chicos y no lo van a hacer más; a cambio de que el ejecutivo se comporte con benevolencia. Aquí paz y después-¦, como la película de Garci «Volver a empezar». T odo habrá sido un mal sueño. Y despertaremos de la pesadilla como Zaratustra después de unos días de inconsciencia de unos e inhibición de otros para ver el eterno retorno de lo mismo.