Diario de León
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JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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Contra sus principios y programa, Zapatero ha sobrepasado otra línea roja más, la de la reforma de la jubilación, que se alarga, con el apoyo disimulado de los sindicatos, hasta los 67 años. Han podido más los mercados que las protestas de los trabajadores, a no ser que ocurra aquí, contra el gobierno y los sindicatos, algún levantamiento popular al estilo de Túnez o Egipto. Los socialistas venden la reforma como un baño de realismo, no como un principio de justicia social. El argumento parece impecable: vivimos más años (la esperanza de vida se alarga por encima de los 80), hemos de trabajar más si queremos mantener el sistema público de pensiones.

Habría muchos reparos que oponer a esa esperanza de vida, especialmente si relacionamos años de vida con calidad de vida. Creo que alargando la vida laboral a los 67 la calidad de vida sufre un duro golpe que, se traducirá en que los años de la jubilación sean, para muchos, tiempo de decadencia y enfermedad. La esperanza de vida se ha alargado hasta los 80 años pero desde los 75, e incluso antes de esa edad, muchos pasarán la vida entre médicos, hospitales y residencias. No será una vida de júbilo sino de espera de la muerte, pues los diez o doce años buenos desde la jubliación de ahora, se acortarán a seis u ocho años. Ese es el premio a toda una vida de trabajo.

Nuestro sistema público de pensiones, con su estructura piramidal, se basa en que los jubilados de hoy los sostienen los trabajadores de hoy; los jubilados de mañana los mantendrán los trabajadores de mañana. No es un sistema de capitalización en el que metemos, cada uno según sus posibilidades, dinero en una caja, para nuestra futura pensión, sino que hay que ir ampliando la base de la pirámide a medida que engrosa el vértice. Esto solo es posible mediante la creación de empleo en una economía sostenible. Por el contrario, una economía hundida y una población laboral subsidiada no es el mejor argumento para mantener un sistema de pensiones de este tipo.

Al margen de la crisis económica, que puede ser coyuntural, hay otra razón estructural más grave, aunque muchos no quieran oirla: no hay niños que, en el futuro, amplien la base de la pirámide. Vamos a pagar muy caro las políticas sectarias de los socialistas en contra de la vida y de la familia. Hoy, después de la corta inyección de la inmigración, España vuelve a ocupar el lugar donde se dan las tasas de natalidad más bajas del mundo. En ese pecado llevaremos la penitencia. Si no hay niños, si no se proteje a la familia tendremos que trabajar más años o quizá, y eso es lo que ya defienden algunos sedicentes progresistas, deberemos apoyar políticas que contemplen una eutanasia masiva, una gerentotanasia.

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