TRIBUNA
Comparar el voto y la gloria
A principio del siglo XX, en un viaje que hizo Azorín a León decía que «León es una ciudad vetusta y gloriosa», para añadir que «las calles tienen su alma en sus títulos». Ya no es, en efecto, la ciudad vieja en el sentido azoriniano , sino la ciudad esplendorosa de lo clásico de cuyos recuerdos añoraba Azorín la gloria del pasado . Pasado de los que se cumplieron más del milenio del reino y del que muy poca constancia quedó en la ciudad. Muy poca constancia del centenario. Si esta conmemoración - o la rememoración de las Cortes leonesas- tuvieran la posibilidad de celebrarlo en alguna comunidad periférica o alguna de las llamadas comunidades históricas- ¿pero de qué historia hablan?- habrían revuelto desde Madrid a la ONU. Pero el leonés es así de modesto. Fue reino y pasa, por mor de los políticos , a provincia.
Se quejaba Cuevas Aller en estas misma páginas el pasado ocho de febrero que los políticos nos metieron en esto (se refiere el citado a la integración de León en Castilla), y nosotros preguntamos: ¿Cree que otros políticos nos van a sacar de esto? ¿Es creíble que con los votos se va a cambiar la mentalidad? ¿Es posible que aquel desaguisado de integración permita el suceso contrario? Lo leonés no se puede medir en lar urnas. Los dirigentes del leonesismo confían en las urnas para el cambio. Los dirigentes de la formación política leonesista confían en ganar votos para ser «llave en las instituciones».
Es cierto que el leonesismo puede acoger votos, pegar carteles, ser llave para la gobernación, pero la leonesidad no se mide en las urnas. La leonesidad es esa gloria azoriniana que se tiene siendo papón o socio del Nuevo Recreo Industrial. Por eso quienes defienden el leonesismo quieren acudir a las instituciones, donde se paga y se medra, de pacta y se renuncia, donde se expropia a la voluntad del ancestro, es el lugar en que se compra por votos la venta de la gloria. La leonesidad no. No es el monopolio del más votado, ni siquiera las siglas más leonesistas.
Claro que llegados a este punto, podríamos preguntarnos con Cuevas Aller qué podemos hacer ante el olvido de León. O salir del sueño que tuvo Soto Calvo en estas mismas páginas (siete de octubre del 2010) del olvido del 1100 aniversario del Reino de León. Sobre la primera cuestión, es bastante fácil. Ya que los políticos «nos han medido en esto», hemos de salir de este marasmo a través de la sociedad civil, impregnando de leonesidad a las entidades que no est en contaminadas por la política. Todavía no nos hemos dado cuenta de que la Comunidad es cosa de dos: Castilla y León; y que es imposible el desarrollo- en cualquier campo- de solo de una parte de su conjunto. La leonesidad no ha de ser llave del gobierno ni seguir por la política pactista entre unos políticos y otros. Debe ser en sí misma gobierno. Eso forma parte de la política del leonesismo, del partido político. Entendemos que no es esa la forma de protagonizar -quiero decir progresar- por parte de la leonesidad.
Nada reprochamos a la UPL, como partido político, aunque no estemos de acuerdo con su nacimiento y proyección que -según comentan- pretendía en 1991 ser una «opción política, y que su evolución se acredita en la progresión de votos. Pero habrá que preguntarse que si no hemos sido capaces de extender la historia de la leonesidad de 1100 años, ¿cómo queremos que nos tengan en cuenta en esta comunidad que es cosa de dos, si uno de ellos no sabe expresar su identidad?
Claro, que se dirá: ¿para qué quiero la voz si no tengo el voto en esta partitocracia? Ya sé que no es políticamente correcto acudir al relego de los partidos políticos, pero no es menos cierto que si nos refugiamos en la nacionalidad del leonesismo, nos convertimos en uno más de loa nacionalismos opositores, disgregadores y antiguallas del siglo XIX. Es cierto que la Constitución española -a mi modo de ver indeterminada y oscuramente- se refiere a la autonomía de «las nacionalidades y regiones», equiparando el sentimiento y la materialidad geográfica. Sin embargo lo nacional - que algunos no saben definir- trasciende lo regional, lo mismo que la leonesidad va más allá del nacionalismo leonés. ¿Por qué la leonesidad se tiene que involucrar en la partitocracia? ¿Se es más leonés por ser de un partido nacionalista? Cuando se entremezclan las siglas con el relativismo de los partidos se olvida lo esencial- la gloria- para ensalzar lo perecedero- el voto-. Porque el nacionalismo es egocéntrico, llora siempre a través de la comparación, vive desde el sentimentalismo, odia lo superior , exalta los valores materiales (bandera, himno, etcétera), falsea la historia, quiere vivir aislado, revisa las utopías, es endogámico ; en fin que unas veces acude al falso progresismo y se alía con la izquierda y otras enarbola la bandera de la tradición, según caliente el sol.
Para seguir la senda gloriosa azoriniana hemos de comparar el voto y la gloria. Aquél, usado para la urna de la elección; ésta para mantener algo que no puede perecer: la leonesidad. Hay que decir con aquel leonés de pura cepa cuando le preguntaban: ¿es usted nacionalista?; no, señor, en León somos Reino.