Diario de León

HISTORIASDEL REINO

Treinta años no es nada, ¿o sí?

Publicado por
MARGARITA TORRES
León

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S e cumplen treinta años del 23-F. Una fecha que, para más de la mitad de la población española, que entonces o no había nacido o por su edad no se enteraba, apenas si le resulta más relevante que otras de la historia, como ese Franco que estudian en los libros o aquel Felipe II el de El Escorial. Todos están muertos y no pasan de ser hitos de un pasado en el que ninguno de los más pipiolos se encuentra reflejado, o rememora con nostalgia de la juventud perdida. Para un chaval nacido en 1990, bombardeado por los Sálvame Deluxe , Franco es el abuelo de la Martínez Bordíu. Nos hacemos viejos.

Quien suscribe tenía diez años aquel 23-F, vivía en Murcia y a día de hoy no puede olvidar la honda impresión que le causaron aquellos hechos, ni aquella tensión que se respiraba por las calles de una ciudad que pertenecía a la Capitanía General de Valencia, a cuyo frente se encontraba Jaime Milans del Bosch. Fijas quedaron en la retina las imágenes de las tanquetas, que no tanques, recorriendo las avenidas de una desierta Murcia, las marchas militares que sustituyeron a todas las emisoras de radio, la nula cobertura de televisión, hasta que la prensa se hizo hueco valiente y comenzó a transmitir. Grabadas quedaron la dignidad de Adolfo Suárez y la del teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, clave en la Transición pero que, para quien rondaba la decena de años, no dejaba de ser un anciano valiente capaz de enfrentarse con las manos desnudas de la razón a un grupo de tipos armados mientras el resto de sus señorías calentaban el suelo con las posaderas. El valor, el coraje, quedaron reservados para Suárez y Gutiérrez Mellado y para los miembros de la prensa que, a riesgo de sus vidas, siguieron retransmitiendo desde el parlamento. Un nombre debería grabarse a fuego en la gratitud de este país: Pedro Francisco Martín, el operador de Televisión Española que mantuvo la cámara abierta al mundo, o la cadena Ser, que siguió emitiendo y convirtió aquella noche en la de «los transistores».

Me resta la silueta del rey durante aquel discurso que cerró uno de los episodios negros de la democracia. Pero hayan cabida también en el armario de los recuerdos el día sin colegio, los padres de mis amigas que pasaron del rojo al azul en una hora y rememoraron los tiempos del Caudillo, rompiendo algún que otro carné político de izquierdas y sacando pecho de camisa vieja. Unos y otros destellos son hijos de la memoria, que es la de España, pero que a la mitad de nuestros compatriotas, aceptémoslo aunque a muchos pese, les parece tan lejana como el reinado de Alfonso X, Carlos V, la Armada Invencible o las Navas de Tolosa. Polvo en el viento que abre las hojas de los libros de historia cada aniversario.

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