Diario de León
Fernando Jáuregui

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S i Zapatero tuviese sentido del humor, que es cualidad que no le adorna en demasía, supongo que estaría partiéndose de risa ante la multitud de cábalas, suposiciones, conjeturas y especulaciones que suscitó su largo encuentro con el presidente del Congreso, José Bono. Se ha dicho de todo: que el presidente del Gobierno estaba preparando su permanencia, que hablaban de una sesión de investidura a lo Calvo Sotelo. Unos pocos han sopesado la posibilidad de que ZP esté barajando presentarse a una moción de confianza. O, lo más probable de todo, que fuese una reunión más o menos rutinaria, pese a que Bono, que sabe espolear el ánimo de los periodistas, les dijo a la salida que él y Zapatero habían hablado «de lo que ustedes se imaginan». E imaginación no es precisamente lo que falta en este país nuestro, tan dado a las tesis conspiratorias, a favorecer lo causal sobre lo casual. Claro que, para jacarandoso y provocador, el señor Bono.

No, las cábalas y especulaciones son, en estos momentos, gratuitas. Nadie sabe nada con certeza, me parece. O eso dicen los que más secretos suelen compartir con la esfinge. Pero es cierto que, a falta de certidumbres, los rumores corren como galgos por los pasillos de Ferraz y, creo, también de Moncloa: ¿anunciará algo de inmediato Zapatero?, se preguntan. El caso es que lo que de verdad agita la vida política es la pregunta: ¿se va Zapatero? ¿Se queda? He podido compartir confidencias con algunos socialistas, relevantes unos, entusiastas militantes de base otros. La verdad es que, fuera de micrófono, todos reconocen que el presidente y secretario general debe hacer públicas sus intenciones cuanto antes, porque la incertidumbre lo impregna todo, desde la política exterior hasta los pasilleos en La Moncloa. Y eso, claro, no es bueno. Por más que convenga al humor de todo presidente que se precie reírse para sus adentros ante el desconcierto del mundo en general, y de los dichosos periodistas en particular, acerca de lo que la esfinge monclovita de turno trama y prepara en la soledad de los jardines de árboles centenarios, en el despacho de la mesa isabelina, en los salones de Mirós, Tapies y Millares. A mí, al menos, y me parece que no soy el único, este estado de cosas me hace maldita la gracia.

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