AQUÍ TE ESPERO
Tomarnos el pelo
E l 15 de noviembre, bajo el título de «Daños colaterales» escribía aquí sobre las obras de Papalaguinda y el parque (ampulosa me suena la palabra, ante la realidad de lo que es) de Pocoyó, que alguien se sacó de la manga para justificar el desaguisado cometido en el primer paseo de esta ciudad desde hace cincuenta años.
Lo curioso es que se desalojó el Rastro de Papalaguinda porque el paseo iba a ser remodelado. Así se nos vendió. La realidad año y medio después es que no se ha hecho nada. O casi. Bueno, a los ciudadanos nos molestaron bastante durante este tiempo por no poder circular por Papalaguinda y tener que ir en fila india por el paseo de la Facultad, tal vez para ir entrenando y que no nos pareciera tan mal hacer lo mismo por Fernández Ladreda. Lo cierto es que la obra de Papalaguinda se ha limitado a una acera un poco más ancha en la Facultad y el arreglo de las escaleras que enlazan ambos paseos. También se puso riego por goteo en los jardines que los separan y unas enormes piedras de vez en cuando en los mismos. Por no terminarse no se han terminado de ajardinar unos enormes bloques de hormigón que se han colocado a ambos lados de las escaleras grandes y que todavía no tienen tierra ni plantas. Año y medio es demasiado para hacer lo que han hecho (lo de Pocoyó tampoco es el Escorial), que se reduce a un trozo de unos 50 metros de acera, los mismos de carril bici (que se interrumpe de repente, y a volar...) y de calzada asfaltada.
Si eso no es una tomadura de pelo, cuando se dijo que se iba a remodelar el paseo, y había tanta urgencia de empezar las obras que se sacó el Rastro de allí a toda prisa, ya me dirán como se llama.
La misma tomadura de pelo que hay con las calles del casco antiguo patas arriba. Antes de Navidad se dieron prisa en acabar unas cuantas, pero las otras siguen como estaban. Bueno, algunas como Santa Cruz son de juzgado de guardia. Se han puesto unos adoquines totalmente móviles. Faltan las alcantarillas y otras tapas de las que tanto abundan en nuestras calles, pero los adoquines se mueven más que las varandillas del puente ese de la canción. Y si se menean ahora es que ya los constructores no siguen ni la vieja máxima del «tente mientras cobro». Ahora como saben que van a tardar en cobrar no se molestan en sujetarlos mucho. Y así nos luce el pelo que nos toman.