TRIBUNA
Una ortografía más ambiciosa
V íctor García de la Concha, exdirector de la Real Academia Española de la Lengua decía que el alumno debía leer, entender lo que leía y redactar. Y dejaba la cuestión de la gramática para el Bachillerato, en el mejor de los casos. También dejaba entrever que había que dar más cabida a la expresión oral, de modo que en una Enseñanza Obligatoria -hasta 4º de la ESO- el alumno adquiriera las técnicas básicas para la vida. Quizá el Bachillerato -actualmente dos años- sería el momento de iniciarse en el estudio de la gramática y más adelante, en la Universidad, sería donde el alumno podría investigar y discutir sobre las diversas teorías gramaticales que hay en boga.
Los cambios ortográficos que se han llevado a efecto son justos y necesarios, pero tal vez insuficientes. Se puede ir más allá en un esfuerzo de aclarar las funciones del lenguaje, el ajuste entre lo que decimos y lo que escribimos. José Luis Gavilanes en un artículo en este mismo periódico avanzó algunos posibles cambios. Yo quiero ser más ambicioso.
No resulta extraño entender que la «ch» y la «ll» no son grafías distintas, sino combinación de dos letras, dígrafos, y por lo tanto no merecen un apartado especial en el diccionario, lo mismo que pasa con la «rr». El avance lo veo por otro lado: se podría asociar a la «g» los sonidos suaves de esta letra, la «gu», en tanto se dejaría para la «j» todo sonido fuerte. Así escribiríamos «gerra» (=guerra), guante; cojer (coger) jarra, etcétera. La «h» podría desaparecer y no pasaría nada: «aondar», «alcol», «umo». Se podría eliminar la «x» en favor de la «s»: estudiante, estasis, estremo, etcétera. Encajaría perfectamente, dada la extensión del yeísmo por toda España, la sustitución de las palabras que llevan el dígrafo «ll» por el más cómodo «y»: yave, yorar, yama, etcétera. La reducción a «b» no sería descabellado con el consiguiente olvido de la «v», puesto que no tenemos esta letra como fonema. Y así escribiríamos: bino, binagre, ber, bisión, etc. Toda referencia a sonidos fuertes relacionados con «k» podrían llevar esta letra «k», así como los suaves se asociarían bajo la «z»: kakao, zurzir.
El alfabeto podría quedar configurado con estas letras: las cinco vocales -a, e. i, o, u- y 16 consonantes: b,c, f, g, j, k; l, m, n, ñ, p, r, s, t, y, z. En total 21 letras, suficientes para que no se resiente el sistema escrito y oral. El contexto sería la base a la que nos ajustaríamos para saber de qué se trata en muchos casos. Pero eso ya sucede habitualmente en la vida cotidiana. De hecho la mayoría de los chistes se fundamentan en este equívoco oral.
Este cambio sustancial supondría una readaptación de mucha gente al nuevo sistema y, sobre todo a los ya maduros nos costaría Dios y ayuda entrar por el aro, pero las futuras generaciones nos lo agradecerían. Los que se eduquen con este nuevo sistema lo tendrán más fácil y así la ortografía sería cosa de niños. Y no es que la actual sea realmente compleja, pero, bien mirado, observamos que se pueden hacer algunos reajustes que faciliten la escritura y hagan más llevadera la aventura de reproducir el lenguaje oral.
Quizá la asimilación más factible de cuantos cambios se han propuesto sea la unificación de los sonidos fuertes «ka» en el fonema /k/, la eliminación de la «x» a favor de la /s/ y la fusión «ll»- «y» en / «y»/, así como la eliminación de la «h». Queda un poco más lejano y difícil la transformación de otros sonidos: el uso de «b», eliminando las grafías «v» y «w»; el uso exclusivo de /z/ para todo sonido suave de «ce» y la separación de sonidos fuertes y suaves del fenómeno «j» y «g».
Todos estos cambios podrían ser algo descabellados imponerlos de golpe, pero con el tiempo -aquí el tiempo corre muy despacio- se tenderá a esta simplificación porque lo pide la relación oralidad y escritura y la economía. Desde siempre la lengua ha buscado el camino más directo y más corto y llegará a esta conclusión, aunque ahora nos pueda resultar paradójica o quimérica.
Un ejemplo ilustrará mejor que nada la nueva escritura. Un fragmento de las primeras páginas de Cinco horas con Mario , de Miguel Delibes quedaría así: «Karmen baja las piernas de la kama y al azerlo se la recojen las faldas, y muestra unas rodiyas demasiado redondas y akolchadas. Tantea kon los pies sin agacharse y se kalza los zapatos. Luego se atusa la kabeza, introduziendo los dedos de ambas manos abiertos entre los cabeyos, auekándolos. Al konkluir, se estira el suéter bajo las asilas, primero del lado izkierdo; luego, del derecho. Menea la cabeza enérjicamente, denegando:
-No tengo pechos de biuda, ¿berdad ke no, Balen -dize desalentada-. No me engañes».