LA ESPUMA DE LOS DÍAS
Carnaval de las hortalizas
Menuda fiesta el martes: Día de la Mujer Trabajadora y Carnaval! Hay mujeres que desde el Golpe de Tejero no han dado un palo al agua. Y hay mujeres que cada vez que hablan desactivan nuestro pensamiento profundo y entonces pez, azúcar, vino blanco... A estas últimas habría que regalarles como mínimo un ramillete de mimosas y la fotocopia de ese cuento de Leonora Carrington en que un par de damas refinadas, tirando a fe as, se pasan la mañana azotando con un látigo las hortalizas de su huerto y gritándoles: «¡Hay que sufrir para ir al cielo. Las que no lleven corsé jamás entrarán en él!» Y las pobres zanahorias, los calabacines, los pimientos y los tomates peleándose entre sí y arrojando de vez en cuando sus jugos contra el sombrero de las crueles damiselas. ¡Menudo Carnaval!
A Leonora Carrington, feliz como una tormenta de ciruelas y loca por Max Ernst, con quien se fugó a París para meterse sus buenas dosis de surrealismo, le hablaron una noche junto al Sena de las maravillas de la catedral de León. Y hubiera venido a contemplarlas en 1940 si no la hubiesen internado en un manicomio de Santander, de donde se escapó en un taxi hasta Lisboa para cruzar por fin el Atlántico. ¡Pardo se apellidaba el cefalópodo que la mandó encerrar! ¡A una cuentista y pintora como de otro mundo! Y los paisajes que nos hubiera transmitido si hubiese admirado desde una barca a la deriva por el Sil, a medianoche, el castillo de los Templarios en 1940.
La última vez que murió me parece que fue en México durante el Carnaval de 2010. Tan difícil es precisar sus fechas de defunción como saber durante estos días si te aborda un verdadero perturbado mental o un tipo con disfraz de loco rematado. Estábamos pasando la tarde por ahí, ladera arriba ladera abajo, charlando sobre las poetisas menores de cuarenta años que trabajan en esta provincia y la posibilidad de citarnos con ellas el Martes de Carnaval en un bar de estación, estar bebiendo tranquilamente a su salud la ginebra del antifracaso-¦ y que apareciese entonces un tren de mercancías y nos llevase a todos por delante. ¡Menudo Carnaval! Eso sí que cambiaría la neurología de nuestro cerebro. Una sola poetisa sin trabajo es como un parque tecnológico dejado de la mano de Dios: cambia por completo la mitología de una ciudad. Pero quien nos embistió fue un energúmeno con traje y perilla románticos y un maletín de viajante hecho polvo. ¿Estaba haciendo el Carnaval, o padecía realmente una de esas «enfermedades raras»? ¡Ya se han detectado más de siete mil! Luego nos dijeron que llevaba unos días mendigando por la ciu dad y ofreciendo hostias a todo el mundo. ¡Veinte euros nos pedía el capullo por «La sirenita» de Andersen! ¡Suerte en la orgía del Carnaval, hermosas!