Diario de León
Publicado por
Enrique Javier Díez Gutiérrez, profesor de la Universidad de León
León

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E n una zona del mundo de la que sólo se esperaba letargo o fanatismo ha surgido una oleada de levantamientos populares que amenaza con hacer caer, uno detrás de otro, a todos los aliados de las potencias occidentales en la región. Se trata de revueltas económicas y revoluciones democráticas, nacionalistas y anticoloniales, que lejos de estar seducidas por los modelos europeos y norteamericanos, están marcadas por una tradición antiimperialista forjada en torno a Palestina e Iraq.

Pero si algo han reiterado los medios de comunicación es la importancia de las redes sociales e Internet a la hora de organizarlas. Algunos han llegado al extremo de afirmar que sin Facebook o Twitter el cambio político en Túnez o Egipto habría sido imposible. Centrando la mirada de las revoluciones en la «libertad de expresión». Pero la mayoría no se levantaron solamente para recuperar únicamente la «libertad de expresión», sino para apropiarse de todo lo que un sistema de depredación y privatización les estuvo robando durante décadas, con la complicidad de Europa y Estados Unidos.

La primera vez que la prensa empezó a hablar de «revolución Twitter» fue en Irán, durante las fallidas protestas del 2009. Pocos se pararon entonces a pensar que el número de usuarios de Twitter en Irán (unos 8.000) los convertía en una minoría muy pequeña, sobre todo porque entonces no era posible twittear en farsi, la lengua local.

La activista iraní Golnaz Esfandiari publicó entonces un artículo en la revista Foreign Policy en la que ridiculizaba la obsesión de la prensa occidental con Internet y las redes sociales. «El viejo boca a boca, era, con mucho, el medio más importante que utilizamos los de la oposición». «Todo el jaleo de Twitter -declaraba el también activista Mehdi Yahyanejad al Washington Post - se reducía a un montón de norteamericanos twitteando entre ellos». Dos años después, el marchamo de «revolución digital» vuelve a aplicarse a las protestas del mundo árabe. Pero de nuevo los números no encajan. Juntos, Túnez, Egipto y el Yemen no llegan a los 15.000 usuarios de Twitter. Menos del 5% de los egipcios tienen perfiles de Facebook (en los otros países, el número es aún menor). Aunque es muy posible que estos medios hayan facilitado a algunos manifestantes comunicarse entre sí, su importancia tiene que haber sido mínima en comparación con el uso de simples teléfonos móviles o la televisión satélite Al Yazira.

Mahmoud Salem, el twittero más famoso de Egipto reconocía recientemente a la PBS norteamericana que en una ciudad con tanta cultura de calle como El Cairo los rumores son más veloces y eficaces que Internet. De hecho, las revueltas se recrudecieron en un período en el que el Internet estaba siendo bloqueado por el Gobierno.

Evgeni Morozov, autor de El espejismo de la Red, recuerda que imaginar Internet como una fuerza liberadora supone ignorar inocentemente que los Estados poseen siempre mayor capacidad tecnológica que los individuos. Facebook, con sus listas de contactos fácilmente accesibles, fue mina para los servicios de seguridad iraníes y egipcios (Facebook, de hecho, cerró páginas antigubernamentales en Túnez hasta la caída del presidente Ben Alí).

Los mass media nos presentan las rebeliones de Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Marruecos y Bahrein como un ejemplo de lucha pacífica del pueblo contra la opresión y, en todo caso hacen alguna débil alusión, a las revueltas por la descomunal subida de los precios de los alimentos en los últimos meses por la especulación financiera; una lucha que, por lo demás, es presentada como horizontal, sin líderes, producto de una espontaneidad creadora de valores políticos surgida «desde abajo» gracias, especialmente, a las redes sociales.

La imagen general promovida por los medios es que tal evento se debe a la movilización de los jóvenes, predominantemente estudiantes y profesionales de las clases medias, que han utilizado las redes sociales (Facebook y Twitter, entre otros) para organizarse y liderar tal proceso.

Como demuestra el profesor Vicenç Navarro esta explicación es incompleta y sesgada. En Egipto, la supuesta revolución no se inició hace tres semanas y no fue iniciada por estudiantes y jóvenes profesionales. Según el Egypt-™s Center of Economic and Labor Studies, sólo en 2009 existieron 478 huelgas obreras claramente políticas, no autorizadas, que causaron el despido de 126.000 trabajadores, 58 de los cuales se suicidaron. El punto álgido de la movilización fue cuando la dirección clandestina del movimiento obrero convocó una huelga general. Los medios de información internacionales se centraron en lo que ocurría en la plaza Tahrir de El Cairo, ignorando que tal concentración era la cúspide de un témpano esparcido por todo el país y centrado en los lugares de trabajo -claves para la continuación de la actividad económica- y en las calles de las mayores ciudades de Egipto. Las movilizaciones obreras que han sido claves en las rebeliones en cada uno de estos países están siendo silenciadas, concluye este experto, porque los medios de mayor difusión trasladan a la población la visión de las clases dominantes de los países en los que tales medios existen.

Nadie niega que los jóvenes profesionales que hicieron uso de las redes sociales (sólo un 22% de la población tiene acceso a internet) jugaron un papel importante, pero es un error presentar aquellas movilizaciones ocultando el papel de la clase trabajadora y presentándolas impulsadas por redes sociales (Facebook, Twitter) mediante el valeroso empeño de jóvenes líderes de clase media occidentalizados, que luchan por lo que tenemos aquí contra malvados y «tercermundistas» déspotas (que anteayer no lo eran para el «mundo libre») a través de métodos pacíficos. Esperemos que no pase de nuevo como en la Revolución Francesa, que las clases medias y dominantes acabaron apropiándose de la revolución.

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