Diario de León

TRIBUNA

El Estatuto cumple 28 años, dicen

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León

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S i estas líneas hubieran sido escritas sobre papel, esto es, sin intervención electrónica, y las dos páginas estuvieran ante el lector, no le sería difícil percibir las huellas de unas lágrimas de sentimiento e impotencia, en ellas derramadas. Tiene pues el lector que asumir la virtualidad de éstas, o hacer un ejercicio de fe, para entenderlo como verdad, si no conoce mi leonesidad. Aunque esto tampoco importe demasiado. El Estatuto del ente llamado Castilla y León, acaba de cumplir un año más, 28 dicen. En él y con él está montada la mayor falsedad que nos está tocando padecer a los leoneses, desde que al servir el «café para todos» del proceso autonómico, las «razones» de nuestro más dañino paisano, en este menester, Martín Villa, nos aferraron sin miramientos, despersonalizados, y sin hacer valer nuestra secular territorialidad.

La madre de todas las falsedades está en la Ley Orgánica 4/1983, de 25 de febrero del Estatuto de Castilla-León, (así está escrito para empezar). Y precisamente unas líneas más abajo de las dedicadas por Don Juan Carlos I, Rey de España, a decir que sanciona esta Ley, se afirma con total rotundidad: «-¦el pueblo castellanoleonés ha expresado su voluntad política de organizarse en Comunidad Autónoma-¦».

Así las cosas, ni es necesario leer lo que antecede a aquéllas, y mucho menos lo que sigue, por una razón de elemental raciocinio: El pueblo castellanoleonés, no ha existido nunca, ¡nunca! De ello se deriva que un pueblo inexistente no puede expresar ni ésta, ni ninguna otra voluntad. Todo el articulado posterior es ilegítimo, y ello independiente de que hayan querido lavar la cara, y de tapadillo, en las reformas introducidas posteriormente; que si llegara el caso sabríamos explicar. Joaquín Otero, a quien me veo obligado a señalar, cuando empezó su andadura de procurador en el ente autonómico, en 1995, me tenía de compañero en UPL, en el Comité Ejecutivo; adonde llegué con afán de servicio al leonesismo, buscando defender la Identidad Leonesa; allí, si hubiera querido, tuvo oportunidad de escucharme decir, esto mismo que acabo de colocar como la gran falsedad. ¡Hoy su voz no es la de UPL!

Qué enorme diferencia hay, Joaquín, en aquella fotografía de tu juramento «por León», frente a frente al emberrinchado presidente de las Cortes, el soberano señor Estella, no aceptándolo y soltando un sapo que luego hubo de tragarse: «Son procuradores por que así lo han decidido las urnas, pero no ejercerán». Se refería a ti y a Conchi Farto. En tu rostro, la expresión de un niño bueno, estoy seguro que le sacaba de quicio, por ello te señalaba con su mano izquierda la puerta de salida. Lo de recoger o no la medalla-obsequio autonómica, era tan de segunda fila, que se podía olvidar sin detrimento para las Cortes; pero, he ahí que enarbolado por la formación leonesista como una negación implícita del ente, podía tomar un sesgo muy importante.

Ese espíritu, lo digo con sinceridad espontánea y con dolor, lo has ido perdiendo, y no sólo tú, sino los que te han acompañado posteriormente. Nada que ver esa foto, digo, con la de un Otero sonriente hoy, por los pasillos de las Cortes, junto aquellos que nos machacan a diario; integrado allí, como en casa. El momento histórico que UPL empezó a vivir, para León y los leoneses, entonces en las Cortes autonómicas: vigila nte, reivindicativo e irreductible; desvirtuado con actuaciones sucesivas incomprensibles, nos ha colocado a los pies de los caballos.

En el proceso histórico autonómico vivido hasta hoy, también encontramos la actuación de Juan Morano, embozando al leonesismo, entreteniéndonos a los leoneses con su juego de rechazo a la Autonomía, sin ir más allá, como en una perdurable mentira. Y más reciente la figura de nuestro paisano en lo más alto de la política de España, Rodríguez Zapatero, no teniendo ni el simple gesto de, aprovechando la última reforma estatutaria, conseguir que se dejara recogido bien claro en ese falso Estatuto, una gran verdad: León es una región diferente y diferenciada de Castilla, le acompañen o no Zamora y Salamanca. Mas, aunque así hubiera sido, tampoco quedaba legitimado.

Pero los ciudadanos, incluso los de a pie, también tenemos culpa en lo que está sucediendo, y mucha; estamos olvidando el Referéndum que nos deben, permitimos el adoctrinamiento de nuestros hijos en los libros escolares, y toleramos que nos llamen castellanoleoneses, siempre pensando que de haber algo malévolo, otros l o arreglarán; y no es así, cada uno ha de apechar con la parte alícuota que le corresponde.

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