TRIBUNA
La biografía del olvido
Una de las sensaciones que más impotencia nos produce, es el olvido. Solamente cuando queremos recordar algo y no podemos hacerlo, vivimos el sentimiento de estar indefensos ante aquello que tenemos la seguridad de conocer pero que se niega a aflorar a nuestra presencia consciente. Es como si lo que tratamos de atrapar en nuestra mente se escapase escurridizo hasta que voluntariamente decidiese volver. Lo peor es cuando la decisión de quedarse fuera de nosotros nos incluye para siempre y en mayor medida cada vez. Entonces, caemos en manos de un poderoso dictador que todo lo arrebata a su paso arrasando los recuerdos que dan sentido a nuestra personalísima historia y nos ayudan a navegar con rumbo, en el costoso empeño de vivir.
Olvidarnos del pasado es comenzar de cero para estar quieto en el mismo punto. Se trata de estar detenido en el tiempo sin la posibilidad de volver la mirada atrás, ni lanzarla hacia delante. Quedarnos atrapados en la nada supone la discapacidad del alma para reinventarse a sí misma y sacudir los fantasmas que nos asaltan día a día. Significa la incapacidad para recordar la emoción de haber sido o haber vivido hasta ese momento y lo que es aún peor, impide la conexión con los que amamos por no poder abrazar las sensaciones que nos unen a ellos. Algo se desconecta en nuestra conciencia para producir un cortocircuito en la energía que ilumina la mirada durante el olvido. Algo sucede que nos aísla dentro de nosotros mismos convirtiéndonos en una celda inexpugnable. No sabemos cómo se sienten los que han cruzado la raya del olvido en sus habitaciones más profundas. Tal vez mejor de lo que observamos angustiados los que quedamos fuera de su ausencia. Y ese puede ser nuestro consuelo. Queremos creer que el que olvida tampoco recuerda que debe sufrir por ello.
Al resto nos queda el consuelo de estar a su lado aún sin ser siempre reconocidos. A pesar, incluso, de no contar con la mirada de antaño que nos protegía sin palabras o de recibir, por confusión, el rechazo de los que tanto nos amaron en silencio, con las mejores de sus obras. Ellos lo han olvidado. Nosotros, no. Por eso, las familias de personas con EA han aprendido a amar aún más a los que están al otro lado de la memoria. A guiarlos con paciencia infinita en ese recorrido oscuro por el que van cruzando. A entender cada uno de sus nuevos gestos de agrado o cada mueca de contrariedad que aflora espontánea e inconexa en el rostro perdido de los que están bajo sus cuidados. Esta enfermedad tiene, sin embargo, la cualidad de enseñarnos a profundizar en nuestros sentimientos de solidaridad y altruismo. Con ella aprendemos, al mismo tiempo, a penetrar en una capacidad de entrega impensable que afecta a todos los que de forma profesional o voluntaria, cuidan también de ellos.
He tenido la oportunidad de comprobar el cariño con el que las voluntarias de la Unidad de Respiro de Santa Mª del Páramo, al igual que presupongo para todas las personas que realizan la misma tarea en otro lugares, convierten el trabajo en vocación. La dedicación pausada al ritmo del movimiento de cada enfermo, la motivación dilatada en juegos y ejercicios siempre atenta a las disponibilidad de cada uno o el ofrecimiento sistemático de apoyo y entrega según las necesidades de cada cual. Transforman, día a día, esas horas en las que se ofrece un mundo distinto al que ya no sale de su casa. El agradecimiento está asegurado y con él, la mejor retribución para quien colabora tan desinteresadamente. Ellos lo devuelven en el cariño de una mirada complaciente, una mano que aprieta con más fuerza o en esa sonrisa disipada que parecen lanzar perdida al aire, hacia ningún lugar.
Las unidades de respiro cuidan a los enfermos, pero sobre todo cuidan a los que les cuidan de forma permanente. Lo hacen a través del regalo de un tiempo que vuelven a recuperar como propio los cuidadores y familiares habituales. Nunca me cansaré de admirar a quienes no teniendo este dolor suyo, del que todos parecemos huir, entregan lo mejor de sí a los ajenos. Posiblemente no puedan ayudar a estas personas a encontrarse consigo mismas pero desde luego, si logran, sobradamente, la mejor de las recompensas posibles: abrir una ventana en la oscuridad del enfermo por la que también sopla aire fresco para quien lo tiene consigo. Porque atender a una persona con Alzheimer requiere, ante todo, grandeza de espíritu. Inmensas dosis de entereza para no desesperar en el intento de ser siempre útil y estar atento a todo lo que le desesperaría a cualquiera. Dedicación continua sin considerar el cambio que se produce cuando el sol se esconde. El descanso no es posible cuando el ritmo del tiempo se ha perdido o, incluso, cuando el reloj biológico depende de la vigilancia de otros. Toda la vida de la familia se convierte en un perpetuo cambio en el que nada queda en su sitio. Los enseres han de ser adaptados al paulatino deterioro de los movimientos físicos. La estructura de la casa debe modificarse para facilitar el tránsito de los enfermos por el único paseo que frecuentan a diario. El hogar ha de convertirse, en definitiva, en el habitáculo de toda una vida resumida cada vez en menos palabras y más silencios. El regreso a la infancia es la única vía posible de perpetuar las raíces cuando todo se pierde. Es la caja negra de la memoria; el disco duro de una computadora desconfigurada.
La niñez es un tiempo sin fin al que siempre se vuelve. Pero cuando el regreso es por caminos tortuosos en los que se ha perdido el rumbo, el encuentro con las vivencias intensas espera como un lobo dispuesto a devorarnos. Y entre tanto escollo aparece con fuerza la figura de la madre como único pilar de la existencia. Todo se convierte en su nombre y a partir de él se empieza a terminar definitivamente. Es como si la vida quedase sometida a un eterno retorno que los atrapa definitivamente. Siempre con el mismo origen para descansar en idéntico punto. El de partida. Un faro vigilante, en definitiva, que deslumbra la mente del que olvida todo menos a quien le tuvo en su vientre.