Diario de León

LA 5ª ESQUINA

Los submarinos humanitarios

Publicado por
JESÚS ÁLVAREZ COUREL
León

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Las bombas humanitarias son una paradoja y una contradicción, dijo la periodista leonesa Olga Rodríguez en el Musac, hace unos días. Una afirmación inquietante para los que creen que hay guerras legales; para los que sostienen que cuando combaten dos facciones armadas, se puede intervenir a favor de una en sentido humanitario. Pero más que guerrear sobre conceptos tan frágiles, tengo la impresión que justificar guerras humanitarias es un ejemplo más de la predisposición a la obediencia que tenemos los seres humanos, aunque si esa obediencia es ciega puede resultar peligrosa. Dice Ireaüs Eibl-Eibesfeldt -estudioso de la conducta animal y humana-, que cuando patentamos una adhesión a alguien, estamos afirmando que le vamos a seguir sin pedirle cuentas; olvidando a menudo que el poder se asienta sobre la violencia en todas sus expresiones, desde las más sutiles a las brutales.

La agresividad forma parte de la naturaleza humana. La competencia por los recursos para subsistir como individuos o como grupo y la aspiración a la jerarquía, aumentan nuestro nivel de conflictividad. Considera Eibl-Eibesfeldt, que la agresividad humana es una vieja herencia de los primates, pero mientras que en los animales la lucha y la amenaza tienen un marcado carácter placentero (los ratones domésticos aprender a atravesar un laberinto si al final encuentran a otro ratón con el que combatir), la violencia en el hombre alcanza un espectro de mayor complejidad y extensión.

Las guerras imponen el precio de mantener el equilibrio entre el aumento de la población y la oferta alimentaria. El colonialismo es buena muestra de ello. En África lo ejerce Europa desde hace siglos. Si en la antigua Roma, Catón el Viejo terminaba sus discursos con su célebre «Delenda est Carthago» (hay que destruir Cartago), hoy los modernos cartagineses siguen soportando nuestro patronazgo humanitario, ahora con el irónico eslogan «porque tú vuelves», de una petrolera española asentada por esas tierras.

La revolución norteafricana, contra la tiranía y la miseria, ha generado el habitual debate político de justificaciones, salvo para Gaspar Llamazares (No a la guerra siempre) y un brote verde en la economía ante la esperanza de vender más armas y obtener petróleo de Libia, que produce 12 millones de barriles diarios. Ante el descalabro industrial de León, esta guerra humanitaria puede desempolvar el viejo proyecto de una fábrica de armas en La Somoza. Y con varias guerras humanitarias más podíamos promover, con fondos Miner, una naviera en Villablino para construir submarinos humanitarios-¦ Había que hacer algo.

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