Diario de León

FUEGO AMIGO

Tovar, intérprete del maligno

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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Antonio Tovar Llorente (1911-1985), cuyo centen ario se cumplió el martes 17, vivió varias vidas, como muchos de los miembros de la generación del 36. Pero Tovar, además, hablaba alemán. Dirigente estudiantil republicano, amplió conocimientos como becario en París y en Berlín y participó en el crucero estival por el Mediterráneo fletado para la élite universitaria. De Berlín volvió seducido por el nazismo. Se incorpora al Valladolid en guerra y asciende los peldaños del nuevo Régimen, hasta alcanzar la subsecretaría de Prensa y Propaganda con el todopoderoso Serrano Suñer. Sin descuidar el doctorado y el acceso a la cátedra, apenas concluida la guerra.

En Valladolid trató de poner orden en la propaganda y se encontró con un tiro, que lo dejó cojo de por vida. Se lo dio Conrado Sabugo, un leonés de Vegapujín del clan de Girón. Fue intérprete en los encuentros de Franco y Serrano con Hitler y Mussolini, aunque en Hendaya lo dejaron en el andén. Luego se dedicó a sus filologías, sin decaer en el falangismo doctrinal. En el quinquenio de Ruiz Giménez (1951-1956), fue rector de Salamanca y recuperó la capacidad de otorgar el título de doctor, que la ley del zamorano Claudio Moyano había reservado a la Central. Estrenó el privilegio concediendo el doctorado honoris causa a Franco. Diez años más tarde, Ridruejo anota con amargura su decepción por la actitud de Tovar en los sucesos universitarios de 1965. Ante la expulsión de sus colegas, se limitó a solicitar la excedencia. Profesa en Illinois y Tubinga y es elegido Académico de la Lengua. Se reincorpora a la cátedra de Madrid en 1980.

Su talla como filólogo descuella sobre estas ruindades civiles. Lo conocí el año de su muerte, cuando recibió el Premio Castilla y León de Ciencias Sociales. No fue una elección fácil. Un jurado de prebostes locales había resuelto pro domo sua, otorgando el galardón a una incipiente editorial de la que eran accionistas, con grave enfado de Lledó y Elías Díaz. Hubo que repetir el trámite, para alivio de los profesores, y salió Tovar. En la estacada quedó Carande, que acababa de recibir el Príncipe de Asturias. Después de la enmienda, los prebostes quedaron amoscados y no hubo manera de salir de ahí.

El nombre de Tovar fue sugerencia de Lledó. Era la primera edición de los Premios, los protocolos todavía no estaban bien definidos y hasta rematar su discurso tuvimos varios encuentros en el hotel Suecia de Madrid. Entonces era un hombre muy crítico con su pasado totalitario y se mostraba implacable con la opacidad de sus colegas académicos. Ante la petición de auxilio de uno de sus nietos, atascado en el estudio del manual de Lengua de Lázaro Carreter, había llegado a la conclusión de que no había nada que entender.

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