CRÓNICAS BERCIANAS
Acongojados
La cara indignada de Sol y de otras plazas emblemáticas de España esconde amilanado su envés farisaico en los despachos de las sedes de los grandes partidos con todos sus estrategas desnortados y sus jefes acongojados por cómo puede terminar el avance retardado de la mecha de la indignación. Por eso la mayoría de los profesionales de la política no son capaces de articular otro discurso rábula, por llamarlo de algún modo, que el de la «comprensión». Frente al «No nos moverán», que es un grito que va más allá de los puntos de acampada y resulta una declaración firme de intenciones de toda una generación que no está dispuesta a que se la dé por perdida y apestada socialmente, unos y otros musitan: «Los entendemos». «Sus demandas son razonables»...
Men-ti-ra. Cochina men-ti-ra. Otra más. Sería mucho más digno o callar, avergonzados, o aceptar que ni les hemos entendido, ni les hemos ayudado. Porque de lo contrario casi un cincuenta por ciento de los jóvenes de este país no estaría en la puñetera miseria, sin un puesto de trabajo y lo que es peor sin perspectivas de encontrarlo en un horizonte no ya de uno, dos o tres años, sino incluso más allá de un lustro, salvo que cojan las maletas.
Yo admito que no sé exactamente cuál es el decálogo exacto del movimiento del 15-M, que en realidad abarca a muchos más desheredados prematuros -por millones- de los que acampan a miles frente a la sede de la Comunidad de Madrid como podrían hacerlo frente a La Moncloa o al búnker amable del Banco de España. Pero sí siento que todos ellos, entre unos y otros, entre determinaciones equivocadas y recortes, están unidos por el cordón umbilical de la rebeldía frente al robo del futuro que se les escapa por la inacción de los políticos que ahora juran hipócritamente, acojonaditos, que les entienden. Sólo con una doble intención. O no cabrearlos más o manipularlos con las urnas a punto de ser lacradas. Es posible, pese a su natural impaciencia, que haya que admitir que nadie posee una varita mágica a estas alturas para encontrarles un trabajo a todos los que lo demandan -incluidos los cuarentañeros despedidos inesperadamente abrazados a una enorme depresión-. Pero si alguien quiere enviarles un signo de «comprensión», está en manos del bipartito anunciar ya, pero ya, la modificación de esta injusta Ley Electoral.