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LUIS ARTIGUE
León

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A unque mi amigo Eduardo Aguirre acostumbra a decir algo así como que ser de León y del Barça se parece a nacer en La Bañeza y apellidarse Kawasaki, lo cierto es que yo soy de Villalobar, pueblo maravillosamente surrealista cuyo casticismo entre otras cosas lo certificaba el Toro de Orborne, y allí ser del Real Madrid era un tópico; como estar a favor de hacer muñecos de nieve en invierno... Sin embargo militar en el afecto al FC Barcelona tenía que ver con esa rebeldía lírica de quienes miran a la luna portando en la mano un cazamaiposas.

Por eso, como digo, antes para mí ser del Barça era pura heterodoxia, pero ahora, Eduardo, es un decidido acto de justicia estética (cuando Koeman de falta metió por bajo el gol en la final de nuestra primera Copa de Europa al bar de mi padre se le fundieron los plomos con tanto griterío psiquiátricamente necesario)... En efecto el llamado Drean team era todo pundonor y fuerza, pero nada tan creativo y mágico como ver jugar casi de memoria a este Barça tocado por los dioses. En efecto el fútbol del Barcelona es un espectáculo casi geométrico, un táctico recordatorio de que, más allá de individualismos chulescos tipo CR7, el fútbol es un deporte de equipo. Uno disfruta tanto con sus triangulaciones sucesivas, infinitas, con su juego al toque que casi marea al rival, con sus coordinadas transiciones y la inventiva de jugadas que nacen del centro del campo, que, en realidad, se siente privilegiado de ser contemporáneo de un equipo que está haciendo historia y perdurará en la memoria y la conciencia general.

El juego del Barça es un elogio de la compenetración y el orden. Como capitán de ese orden está Xavi, disciplinado y sobrio, cuyo virtuosismo pasador es el origen poco vistoso pero imprescindible de los acabados geniales de Messi, inventor de imposibles, estrella ya con marchamo de leyenda que cuenta además con una personalidad ponderada que, sin decirlo, apunta a como deberían ser siempre las estrellas si este mundo no fuera la desmesura por la desmesura. E igualmente Iniesta, también dotado de una personalidad nada volcánica a pesar de su talento, su sentido de la oportunidad en el campo, su baraka, y el haber hecho feliz a tanta gente con sus decisivos goles... Sin embargo el alma del conjunto es un entrenador con talante reflexivo, porte metrosexual, demostrada pericia en aplicar al deporte el espíritu del poema «Táctica y estrategia» de Mario Benedetti y una contrastada forma de saber ganar y de saber perder...

Hoy juega la final europea el Barça y, gane o pierda, muchos leoneses estaremos ante el televisor hipnotizados. Sí, este equipo es como una muchacha de cuerpo justiciero que nos ha convertido en obsesos voyeristas: no se puede dejar de mirar.

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