Diario de León
Publicado por
JOAQUÍN CUEVAS ALLER. ESCRITOR
León

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El año 1978 el pueblo español aprobó la Constitución Española que en su artículo 2º dice: «la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre ellas». Este artículo se contradice con el artículo 14º, que dice «los españoles son iguales ante la ley... La explicación es muy sencilla. El artículo 2º habla de nacionalidades y regiones, creando diferencias entre unos ciudadanos y otros. Lo curioso es que la Constitución no explica la diferencia entre nacionalidades y regiones, ni siquiera vuelve a utilizar la palabra nacionalidades. Los políticos más eruditos dicen que nacionalidades son los tres «territorios históricos»: Vascongadas, Cataluña y Galicia. Los consideran históricos porque en la segunda República tuvieron Estatuto de Autonomía. Paradojas de los políticos: dos mil años de historia no es nada y setenta años es mucho. Esos «eruditos» nos podían aclarar por qué Cataluña es una nacionalidad histórica y Aragón no; por qué Vascongadas sí lo es y Castilla no; por qué Galicia sí lo es y Asturias o León no. Considero que la opinión de los eruditos es un atentado a la historia de España y un insulto a esas regiones citadas en segundo lugar, además de una soberana tontería.

El año 1979 comienza la aprobación de los primeros Estatutos de Autonomía, empezando, cómo no, por el catalán y el vasco hasta completar los diez y siete actuales. El Estafo de las Autonomías ha sido sin duda hermoso en su concepción, todo el mundo ha alabado su creación., considerándolo como un avance espectacular de la democracia en España. La Transición Española era un ejemplo para el mundo entero. España comenzó un desarrollo económico espectacular, un desarrollo que se empezó a llamar el «milagro español» Éramos la envidia del mundo entero, hasta el punto de que más de seis millones de extranjeros se asentaron en España atraídos por el dinero que se podía ganar aquí. Sin embargo, El actual Estado de las Autonomías está resultando insostenible en la práctica. Hoy, son mayoría los ciudadanos que piensan que España camina hacia el abismo.

Llega el año 2006 y España empieza a dar marcha atrás. Aquel desarrollo económico espectacular, admiración del mundo entero, no solamente se atascó, sino que entró en una crisis muy aguda, que el actual Gobierno de España no ha sabido superar. Las estadísticas son para echarse a temblar: cinco millones de parados y un deficit público insostenible. Dicen los economistas que la deuda global de España supera los dos billones de euros, de los que más de seiscientos mil millones son de las familias, casi todos de hipotecas, una cifra de auténtica ruina. Toda esa riqueza, todo ese desarrollo de los últimos treinta años no ha sido real, ha sido ficticio. Resulta que toda esa riqueza en manos de los ciudadanos o del Gobierno de España, es pura deuda, está sin pagar. Esta deuda tan descomunal necesitará no menos de veinte años para amortizarla. Esto quiere decir, ni más ni menos que el milagro español no era real, era ficticio y, lo que es peor, los españoles tenemos un patrimonio inferior a la deuda, que tenemos que pagar.

Son muchos los analistas que afirman sin dudarlo que el principal culpable de esta crisis es la formación de las Autonomías y la pésima gestión de éstas. Si a esto le añadimos una ley electoral que ha dado un gran poder a los partidos nacionalistas, un poder que está poniendo en serio peligro la unidad de España. Hay datos muy elocuentes. El año 1975 había en España menos de 800.000 asalariados públicos, hoy superan los 3.200.000. Esto quiere decir que la formación de las Autonomías ha consistido en crear más de 2.000.000 de asalariados a cuenta de las Administraciones. Naturalmente un país con menos de 50 millones de habitantes no se puede permitir el lujo de tener más de 3 millones de funcionarios, muchos de ellos puestos a dedo. El propio Gobierno, dándose cuenta del desastre del gasto que supone tanto funcionario, redujo en un 5% los salarios de sus asalariados. Curioso, a pesar de la bajada de salarios, el año 2010 los asalariados costaron un 3,5% más que el año anterior. La causa fue el aumento en varios cientos de miles el número de funcionarios. La mala gestión demuestra que las Autonomías no funcionan como se esperaba.

Si las Autonomías, tal como están actualmente, nos llevan al desastre, habrá que modificarlas. No es normal que un país del tamaño de España tenga 17 reinos taifas con su pléyade de funcionarios que duplican o triplican los trabajos con el coste que esto conlleva. Sería conveniente agruparlas hasta un límite prudente de seis o siete como máximo. Y, por otra parte, el Estado debería recuperar numerosas competencias. La sanidad y la cultura así como las políticas de interior y exterior debieran estar en poder del Estado, mal que les pese a los nacionalistas.

Seguramente algún lector criticará mi insistencia en exigir la Autonomía para la región leonesa. De permanecer la actual situación de 17 Autonomías, sigo insistiendo que la región leonesa tiene el mismo derecho que cualquier otra región en tener su propia Autonomía. También insisto en que la integración de León con Valladolid ha perjudicado gravemente a la región leonesa, que, además de tener una deuda similar al resto de las regiones, no ha visto el desarrollo ni por el forro, causando una despoblación en todas las comarcas de región hasta límites practicamente irrecuperables. Sólo una excelente gestión de una Administración 100% leonesa será capaz de recuperar el tiempo perdido. Más Junta y menos provincia proclama un alto directivo de un partido político. Esto significa más Valladolid (todavía más) y menos León (todavía menos).

La España de las Autonomías, entre parados, estudiantes parados que no estudian, funcionarios que no funcionan, prejubilados de 50 años y la pléyade de vividores de empresas públicas a cuenta de subvenciones pú blicas, tiene un inmenso despilfarro galopante imposible de mantener.

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