AL TRASLUZ
Periodista prudente
Q uerido Vicente Pueyo: durante años te he estado remitiendo esta columna y tú la colocabas en el espacio que correspondía. Casi siempre te mandaba poco después mensajes pidiéndote que me cambiases esta palabra por aquella, corrigieras un leísmo o cualquier otra clase de sutileza estilística. Soy un colaborador coñazo, no tanto por perfeccionista como por miope. Nunca protestaste. Gracias por tu generosa paciencia. Desde donde ahora estás, y yo no tengo ninguna duda que te encuentras allí donde Juárez te ha dibujado, échanos una mano, pues el oficio lo necesita. El tuyo fue un periodismo de prudencias: ético en su fondo, sin derivar a lo ideológico; estético en su forma, sin caer en el preciosismo. Tu prosa -”pulcra y precisa-” expresaba lo mejor de ti, como en aquella excelente serie de entrevistas a ancianos. Tu estilo representaba los valores que aprendimos en la facultad, donde se nos inculcó a diferenciar entre opinión e información, a distanciarnos de las noticias sin huir por ello del compromiso, a rechazar sensacionalismos. Por prudencia innata intentabas tenerlo siempre todo previsto, hasta lo imprevisible. En mis años en la redacción tenías una carpeta con artículos intemporales que te habíamos entregado y que reservabas, porque te daban la tranquilidad de poder recurrir a ellos si los temas del día fallaban. «Por si acaso», decías. Y este planteamiento cauteloso era una de tus improntas. Y te has ido con un adiós inesperado, ajeno a tu naturaleza previsora. Supiste ser y estar.
Cuando llegué a este periódico estuve bajo tu mando, que no ejercías con órdenes sino con diálogo. No recuerdo grandes discrepancias. Fuiste fundamental en mi proceso de formación. Lo mejor que le puede pasar a un principiante es encontrarse en la redacción a un periodista como tú, devoto del periodismo clásico, reacio a histrionismos. Tuve esa suerte. Hoy tendría que haberlo llamado milagro. Y sí, la prudencia, cuando no es miedo o tibieza, contribuye a diferenciar la verdad de sus espejismos, propios o ajenos. En la madurez, te adentrabas en una edad de oro de tu prosa. En la madurez, veías el mundo con piedad. En la madurez, tu prudencia se había convertido en una forma de arte. Adiós, compañero.